EL AUTOR es contador publico competente. Reside en Nueva York
Durante harto tiempo, El Salvador fue igual de violencia. Pandillas, extorsiones, homicidios diarios. Hoy, el gobierno celebra lo que fuego “mil días sin homicidios”, una sigla que suena milagrosa. Pero cuando uno observa más allá del titular, lo que aparece es una ingenuidad mucho más compleja, y en muchos sentidos, preocupante.
El gobierno en su novelística palabra de paz, sin bloqueo, la paz verdadera no se construye con silencio inducido por el chantaje y la amenaza. Luego del inicio del régimen de excepción en el mes de marzo de 2022, se han detenido a más de 90.000 personas, muchas sin pruebas ni correcto proceso.
Numerosas familias afectadas por detenciones de parientes que consideran injustas, han denunciado desapariciones, torturas y muertes en prisión que no aparecen en esas estadísticas. No se cuentan. No se reconocen.
Insistentemente la prensa independiente ha intentado documentar lo que ocurre, pero se enfrenta a un tapia. Los datos sobre homicidios son controlados y mantenidos bajo reserva. Los informes policiales no son públicos. Los periodistas no pueden ingresar a las cifras que permitirían repasar si en realidad no han habido asesinatos. En contraste, en países como República Dominicana, donde se permite a la prensa el llegada a los reportes policiales diarios. En El Salvador, la información está blindada, y el gobierno decide qué se publica y qué no.
Entre tanto, las redes sociales se han convertido en testigos incómodos. A través de ellas, ciudadanos han reportado hallazgos de cadáveres, desapariciones sin resolver, muertes sospechosas en cárceles. La mayoría de estos casos no figuran en los registros oficiales. ¿Puede un país afirmar que no hay homicidios si los cuerpos aparecen en barrancos, si las muertes bajo custodia se clasifican como “naturales”, si los enfrentamientos armados no se cuentan?
Y es que la violencia, según lo que se ha investigado de guisa independiente, no ha desaparecido, ha cambiado de forma. Ya no es la violencia de las pandillas, sino la violencia institucional, la represión, el miedo a musitar. El gobierno ha rematado imponer una sensación de orden, pero a costa de derechos fundamentales. Y en ese contexto, la figura de Bukele se presenta como la del héroe infalible, el salvador que venció al crimen. Es una clase de trofeo que se construye sobre la opacidad y el control categórico del relato.
Los gobernados, el pueblo, necesita aprender. Merecen datos abiertos, prensa independiente, ecuanimidad transparente, pues la seguridad no puede medirse solo en cifras, y mucho menos en cifras que nadie puede comprobar. La verdadera paz se construye con verdades, con unas instituciones que respeten a las personas. Y eso hoy, en El Salvador sigue siendo una deuda irresoluto.
de am
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