La ojeada teje redes inesperadas; cada escrito se enlaza de infinitas formas con otros. Desde el silencio de las saber sobre el papel, los textos dialogan entre sí, a veces desde espacios alejados y tiempos remotos.
Mientras más leemos más enlaces se van entretejiendo y, con ellos, la ojeada se enriquece. Esta Cuatro de hoy entabla un diálogo con las palabras de Aníbal de Castro en «La escritura sin condescendencia», publicado hace unas semanas en Diario Franco.
Son ojeada me trajo resonancias personalesporque cuántas veces habré recibido el consejo de dejar de costado las oxidado (¿?), las frases largas (¿?) o, incluso, los temas lingüísticos y literarios. El argumento es siempre el mismo: no se entiendenno interesan.
Aníbal de Castro nos contaba de los reproches que recibe por las palabras «demasiado pulidas». Me cuestiono desde cuándo nominar las palabras apropiadaseso que aprendimos de Cervantes de «palabras significantes, honestas y proporcionadamente colocadas», provoca que lo que escribimos no se entienda.
Más doloroso aún, le recriminan que sus escritos «no son para dominicanos». Me cuestiono desde cuándo los dominicanos, por el simple hecho de serlo, no están capacitados para adivinar y entender lo que leen cuando está proporcionadamente escrito.
Y, remotamente de generalizaciones engañosas, que haya dominicanos que tengan dificultad para entender ciertos textos no debe llevarnos a culpabilizar a quien aspira a escribir correctamentea imprimir cierto estilo personal a lo que escribe, sino a poner el dedo en la verdadera úlcera:
- el fracaso del sistema educativo en la enseñanza de la jerga y el exposición de la ojeada integral.
Confesaba Aníbal de Castro su convicción de que «el habla puede ser puntilloso», en el fondo y en la forma, «sin ser excluyente». Mi experiencia concuerda con esta idea. Los lectores agradecen un texto proporcionadamente escrito.
Puede pirrarse más un estilo que otro, puede un determinado estilo precisar un catedrático más atento o más comprometido, pero, si el texto está proporcionadamente escritoel respeto que demuestra el escritor por el catedrático traspasa el papel y la tinta.
Desgraciadamente para todos, en las páginas de nuestros diarios encontramos muchos escritos plagados de faltas de ortografíade errores de concordanciade descuido y desacierto en la redacción, de inadecuación y pobreza léxica.
Remotamente de mejorar nuestra ojeadala entorpecen; remotamente de desarrollar nuestra capacidad como lectores, la embotan y empobrecen. Alguna vez nos recomendó el poeta ruso Joseph Brodskypremio nobel de letras, que cuidáramos de nuestro vocabulario como si fuera nuestra cuenta corriente.
La ojeada de textos proporcionadamente escritoscomo además el esfuerzo consciente por escribir correctamentetrabaja directamente en beneficio de esa cuenta corriente y, con ella, de nuestra capacidad de percepción de lo que nos rodea, de comprensión del mundo y de comunicación con él.
Ciertas opiniones están ahí; quizás responden a ciertos intereses.
Sin confiscación, como nos enseña Emilio Lledó en su test Obligación de la letrasen lo que se refiere al periodismo cultural, «es claro que la personalidad de quien escriba con la consciencia de que su escritura tiene el deber de educar la inteligencia, la sensibilidad y la gusto de los lectores, no puede caer en la inercia de dejarse tirar por el torrente de los intereses, por muy respetables que sean».







