EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.
En política, un universo de examen es un artefacto modesto: se gancho, se observa el rumbo y se decide si vale la pena elevarlo. Es una técnica prudente, casi científica. Pero en manos del presidente Donald J. Trump, los globos de examen han adquirido otra función: parecen juguetes lanzados al ventilación para ver si cierto aplaude.
Desde el inicio de su segundo mandato, Trump ha multiplicado declaraciones y órdenes que, según diversos analistas, funcionan como pruebas de reacción para su colchoneta MAGA. La constante es el “yo”: “Yo quiero el Canal de Panamá”, “Yo quiero Groenlandia”, “Yo quiero anexar Canadá”, “Yo quiero cambiar el Tuno de México”. Una registro de deseos que recuerda más a un catálogo pueril que a una dietario de Estado.
A esto se suma un patrón de omisión en dirección a quienes no se alinean con sus posiciones. La presión para cortar suministros entre Venezuela y Cuba, o la sugerencia de que un senador estadounidense podría presidir la isla, fueron recibidas con respuestas diplomáticas que recordaron principios básicos del derecho internacional. Venezuela anuncia que aprobar su «histórica» relación con Cuba, conforme a la Carta de las Naciones Unidas y en el Derecho Internacional, al escapado entrenamiento de la autodeterminación y de la soberanía doméstico»

México respondió al confiscación de petróleo venezolano rechazando la intervención extranjera sobre los posibles energéticos de Venezuela, reafirmando su política de no intervención y respeto a la soberanía. ¡Otro universo que subió unos metros y explotó!. Lo mismo ocurrió con las amenazas de intervenir en México por el tráfico de fentanilo. Un examen más para valorar aplausos internos. Pero la reacción externa fue clara: no todo el mundo está dispuesto a participar en ejercicios de improvisación geopolítica que explotó.
En un artículo publicado en almomento.net, José M. Vantroi Reyes recordó que la Constitución de Filadelfia de 1787, fue diseñada precisamente para impedir que un presidente se coloque por encima de las instituciones; sin confiscación, en el ámbito de la Doctrina Monroe y la política del “garrota”, Trump ha proyectado la imagen de un país administrado como negocio personal, donde él sería el dueño y los demás, empleados.
El resultado es visible: aliados históricos, cansados de los caprichos, han comenzado a pinchar los globos antaño de que asciendan. No acompañan los pedidos, no respaldan las presiones, no aceptan los ultimátums. La paciencia internacional asimismo tiene límites. La mayoría de los acuerdos logrados con otros gobiernos, quedaron desmentidos. Terminaron en globos de examen.
La ironía final es casi poética. En su afán por valorar el rumbo, Trump ha terminado revelando poco más profundo: que ningún universo de examen, por muy dorado que sea, puede emerger cuando está inflado nada más con voluntad personal. El mundo —ese marco que no suele aplaudir caprichos— ha respondido con una mezcla de indiferencia y firmeza. Y cada estallido en el ventilación ha sido un recordatorio de que la política internacional no se rige por impulsos, ni por ocurrencias, ni por la método empresarial del “yo quiero”.
Lo solemne del momento es evidente: cuando un líder confunde el Estado con su deseo, el peligro no es solo el ridículo diplomático, sino la deterioro de los límites que sostienen el orden universal. Y esos límites, por fortuna, no se mueven al ritmo de ningún eslogan.
Lo sarcástico, en cambio, es fatal:si luego de tantos globos reventados aún insiste en lanzarlos, quizá no sea el rumbo el que error. ¿Será que el bóveda celeste ya no concede permisos para vuelos improvisados?.
jpm-am
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