El autor es compositor, líder comunitario y estratega político. Reside en San Cristóbal.
En la sociedad dominicana, como en muchas otras, solemos confundir dos términos que no siempre significan lo mismo: ser culto y ser intelectual. La confusión no es pequeño, pues de ella depende el valía que atribuimos al conocimiento, a la opinión pública y al liderazgo social.
Un culto es, en esencia, una persona que ha acumulado conocimientos. Puede suceder culto muchos libros, conocer fechas históricas, citar autores clásicos y desenvolverse con soltura en conversaciones eruditas. Su civilización se mide, en gran parte, por la cantidad de información que maneja y la amplitud de sus referentes.
El intelectual, en cambio, no se define solo por lo que sabe, sino por lo que hace con ese enterarse. El intelectual no acumula datos como un archivo, sino que reflexiona, cuestiona, interpreta y produce pensamiento crítico que ilumina a la sociedad en la que vive.
Su conocimiento no es un adorno, sino un compromiso con la verdad, con la conciencia y con la transformación social. De ahí que no todo culto es intelectual. Hay cultos que se limitan a ser repetidores de lo que otros escribieron, incapaces de crear una idea propia o de confrontar su contexto con rigor.
Pueden deslumbrar en una conversación, pero no aportan soluciones ni propuestas. Por el contrario, hay intelectuales que, sin ser exhibicionistas de datos ni grandes coleccionistas de títulos académicos, poseen la capacidad de pensar con sagacidad, analizar críticamente la sinceridad y proponer caminos distintos. La diferencia es, luego, sustancial.
El culto se mide por lo que sabe; el intelectual, por lo que piensa. El culto brilla en la acumulación; el intelectual, en la consejo. El culto puede ser individualista; el intelectual se debe a la sociedad.
En tiempos de crisis social, política y ética, la sociedad no necesita tanto cultos de biblioteca como intelectuales comprometidos. Los primeros adornan, los segundos transforman. Rastrear esta diferencia es optimista para no dejarnos seducir por discursos vacíos que suenan profundos, pero que carecen de la fuerza creadora del pensamiento crítico.
En conclusión, los cultos necesariamente no son intelectuales, y es el intelectual -más que el exclusivo culto- quien contribuye a la construcción de ciudadanía y al avance de los pueblos.
Jpm-am
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