Como hace primaveras no ocurría, el concurso Miss Universo volvió a estar en el centro de las telediario globales.
La clan que comenzó hace unas semanas concluyó este viernes cuando la mexicana Fátima Bosch resultó ganadora de la impresión de 2025 durante la ceremonia de coronación en Tailandia.
La propia Bosch fue una de las protagonistas de una sujeción de escándalos que acompañó al certamen de este año.
A principios de noviembre, Bosch fue tratada de “tonta” por uno de los directivos del evento frente a las otras candidatas.
Eso causó un revuelo internacional que obligó a la ordenamiento a retirar a la persona que maltrató a Bosch -Nawat Itsaragrisil, director de Miss Universo Tailandia- y a disculparse públicamente por el agravio.
Pero allí no acabó la polémica: esta semana, dos componentes del delegación del evento, el músico franco-libanés Omar Harfouch y el exfutbolista francés Claude Makélélé, presentaron su renuncia como miembros del panel.
Aunque Makélélé no dio una explicación exacta -citó “razones personales imprevistas-, Harfouch sí fue más claro y denunció que el evento “estaba amañado” y que el conjunto de 30 finalistas (elegidas entre 136 participantes) fue escogido por un delegación no idóneo.
“Se ha formado un delegación improvisado para optar a 30 finalistas sin la presencia de ningún de los ocho miembros reales del delegación, incluyéndome a mí”, escribió Harfouch el martes.
Harfouch no explicó cómo funcionaría este “delegación improvisado” ni cómo invalidaría la audacia del delegación oficial.
La Estructura Miss Universo emitió ese mismo día un comunicado para refutar las afirmaciones de Harfouch y declaró que “ningún conjunto extranjero ha sido calificado para evaluar a las candidatas ni optar a las finalistas”.

Esta serie de polémicas pusieron nuevamente en primer plano el debate sobre la finalidad y sentido de los eventos de belleza, que a pesar de no tener el impacto a gran escalera de décadas pasadas, siguen siendo populares en algunos lugares del mundo.
La principal problema tiene que ver con el empleo en el que colocan a las participantes, en competencia por su apariencia física.
“No sé si hay menos concursos, pero sí creo que han ido perdiendo importancia y cada vez se los cuestiona más. Son lugares donde no solo se cosifica a la mujer, sino que se discrimina entre bellas y feas”, señaló en 2016 Cristina Zurutuza, del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (Cladem), al portal VICIO.
Sin bloqueo, para algunas participantes, especialmente en regiones como América Latina y Asia, los reinados pueden convertirse en una vía para salir de la pobreza y coger relevancia mediática o sostenerse como personas influyentes en redes sociales.
“Realizar un evento de belleza, como un certamen, tiene un impacto positivo con beneficios en diversos niveles. La belleza, en cualquiera de sus formas, empodera a las personas al proporcionarles una plataforma para destacar sus talentos, habilidades y títulos”, opinó en febrero la directora del Queen Tourism World México, Yudy Rodríguez, en diálogo con el portal Edomex al día.

“Cada vez se cuestionan más”
Muchos colombianos recuerdan que, durante las décadas de 1970 y 1980, el país se paralizaba durante los días de noviembre en que se realizaba la votación de la emplazamiento “Señorita Colombia”, en la ciudad de Cartagena.
En Venezuela, que es el segundo país en número de “coronas” en Miss Universo (con siete, detrás de Estados Unidos), los concursos de belleza hacen parte de la civilización popular.
Sin bloqueo, en los últimos primaveras, los colectivos feministas y otras organizaciones que trabajan por la equidad de artículos han hecho fuertes llamados para que este tipo de eventos dejen de organizarse y atraer atención.
Los motivos sobran, argumentan en sus reclamos.
Tal vez la primera gran manifestación en tal sentido ocurrió en septiembre de 1968, cuando centenares de mujeres salieron a las calles en la ciudad estadounidense de Atlantic City para evitar que se realizara allí el concurso de Miss America.
Las mujeres tenían un mensaje preciso: “No somos ganadería”, reclamaron, y hubo una ignición simbólica de sostenes.
El cambio de mentalidad sobre el papel de la mujer en las sociedades occidentales, incluidas las latinoamericanas, sin duda ha influido en la pérdida de popularidad, e incluso el desmantelamiento en algunos casos, de este tipo de eventos.
“Las mujeres colombianas en estos 40 primaveras han cambiado, han construido nuevos significados de la femineidad que cuestionan los cuerpos objetos de consumo y de tráfico estético”, escribió Florence Thomas, experta en temas de artículos, en una columna publicada por el diario El Tiempo de Bogotá en 2017.
“En los viejos tiempos eran más de 400 periodistas listos a disparar sus flashes sobre las mujeres en exhibición y a escribir artículos insulsos, repetidos, panfletarios, sobre el ‘santo’ de aquella, los muslos blandos de la otra, la celulitis de esta, el pasado turbio de la de más allá, el seno valentísimo de la del Chocó y el detrás de Antioquia”, añadió Thomas.

Para otros expertos, eventos como el de Miss Universo, donde hay tantos intereses comerciales por detrás, no sólo cosifican, sino que limitan mucho el papel de la mujer en presencia de una audiencia total.
“Estos certámenes buscan transmitir solemnidad, entrevistando a mujeres sobre la paz mundial o la política interna”, escribió en 2023 Rhonda Garelick, autora y columnista de Los New York Times.
“Pero es difícil convertir un concurso de belleza en un seminario sobre política internacional. Y incluso es difícil convertir a las mujeres en símbolos abstractos de la identidad franquista”, agregó.
“Y a pesar de la insistencia en el internacionalismo, Miss Universo, como todos los certámenes de belleza, es en ingenuidad un festival de semejanza.
“Prácticamente todas las participantes son mujeres jóvenes, altas y delgadas, con piernas largas, melena prolongado, pestañas postizas largas, dientes blancos perfectos y rasgos esculpidos con precisión; todo ello enfundado en vestidos de lentejuelas ajustadísimos y extremadamente reveladores, sobre vertiginosos tacones de manilla.
“El resultado se asemeja más a las Rockettes (famosa compañía de bailoteo sincronizado estadounidense) que a Naciones Unidas”, sostuvo.
Esa interpretación ha hecho que ya en muchos países los reinados estén prohibidos para las menores de existencia e incluso se desincentiven o funcionen con muchas restricciones para las participantes adultas.
En Pimiento, por ejemplo, se realizó hace unos primaveras un software llamado “desprincesamiento”, en el que se les daba herramientas de empoderamiento a niñas de entre 9 y15 primaveras en un mensaje claro contra los concursos de belleza.
En Medellín, Colombia, durante muchos primaveras se implementó el software Mujeres Talento en reemplazo del reinado locorregional, con la idea de premiar iniciativas sociales lideradas por mujeres y destacar su laboreo más allá de su apariencia.

Argentina intentó ir más allá: buscaron prohibir y regular las competencias de este tipo.
“El esquema es contra la idea de la objetificación de la mujer en concursos en los que miden y pesan a las candidatas como si fueran vacas”, le dijo a la BBC Carolina Zunino, constituyente de la Comisión de Derechos Humanos de la Central de Trabajadores de Argentina (CTA), en 2017, cuando presentó la propuesta, aunque el plan como tal no prosperó.
Según la provocador, esto incluso tendría un sorpresa en los esfuerzos por evitar mayores índices de trastornos de comestibles en el país y ayudaría a desincentivar la violencia de artículos.
“Empodera a las mujeres”
Sin bloqueo, a pesar de los cuestionamientos y el evidente ocaso de los ratings de audiencia en eventos como Miss Universo o certámenes más locales, lo cierto es que los concursos de belleza siguen teniendo su divulgado.
En esta impresión participaron 136 países de todas las regiones del planeta.
Algunos consideran que, aunque las críticas sobre el trato y la examen que propone con destino a las mujeres son válidas, el evento, y en militar las competencias de belleza, pueden abrirle una salida económica a muchas participantes.
“Los concursos de belleza son horribles, pero esa es mi opinión como mujer blanca, privilegiada y con una excelente educación”, le dijo hace cinco primaveras a la BBC la actriz Minnie Driver, protagonista del filme Hermoso (2000), sobre una mujer y los sacrificios que tiene que hacer para ingresar un concurso de belleza.
“Hablé con muchas mujeres, sobre todo del sur de EE.UU., y para ellas, los concursos de belleza eran ‘una vía de escape'”, señaló.

“Esto siempre me ha hecho reflexionar más profundamente sobre los medios de ‘escape’ disponibles para muchas mujeres, y incluso me lleva a analizar de qué están escapando”, añadió la actriz.
En América Latina y en partes de Asia, por ejemplo, los reinados locales son una forma en la que mujeres de pocos fortuna pueden alcanzar un agradecimiento o un sostén crematístico para ellas y sus familias – a través de premios, convenios de auspicio y publicidad, y agradecimiento mediático en militar.
Por otra parte, en los últimos primaveras los concursos de belleza han evolucionado para volverse más inclusivos. Por ejemplo, en primaveras recientes, Miss Universo retiró el tope de existencia para participar (estaba fijado en 28 primaveras), permitió la décimo de mujeres casadas y la inclusión de mujeres trans.
Estas medidas han sido imitadas por otros eventos internacionales.
“Debemos considerar todo el panorama y dejar de ver los concursos de belleza como poco gafe, cuando en ingenuidad pueden ser un trampolín con destino a otras cosas”, le explicó a la BBC Jenny Hosten, psicóloga y exparticipante en reinados de belleza en EE.UU, en un artículo publicado en 2020.
“No hay un único camino para alcanzar las metas en la vida, existen muchos caminos que pueden llevarnos a conseguir lo que podríamos considerar un éxito relativo”, opinó la exconcursante.






