Más de medio siglo de prolongados apagones ha servido para mostrar el fracaso, la incapacidad e irresponsabilidad de los gobernantes y la clase política que han dirigido la nación desde 1966 hasta el 2020, provocando la frustración generalizada del pueblo dominicano, porque aún no llega la opción definitiva de los irritantes cortes de energía que impactan negativamente en el mejora humano, exacerban desigualdades y afectan el progreso en la calidad de vida.
Huelga referirse a las incuantificables pérdidas billonarias que durante el periodo citado los apagones han provocado al sector empresarial stop, mediano y pequeño, miles quebradas; los retrasos causados en la educación y la atención médica, la precariedad particularmente en comunidades vulnerables, las emigraciones masivas de dominicanos cerca de el foráneo y otros males sociales, tienen su razón de ser en los insoportables apagones, cuya recurrencia ha creado un ciclo de retardo en el avance del país.
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Hay dos grandes épocas en la historia de los apagones. Desde Balaguer (dos periodos: 1966-78 y 1986-1996), luego Guzmán-Majluta, Jorge Blanco hasta alcanzar a Fernández, en los cuales la Corporación Dominicana de Electricidad (la extinguida CDE), era propiedad estatal líder del sector; la corrupción política terminó quebrándola, víctima principal del segundo periodo de los apagones: la privatización de 1997 motorizada por Leonel Fernández, que la entregó al sector privado franquista y extranjero, dividió la CDE en varias empresas y creó las famosas EDES o distribuidoras.
La privatización ha resultado en una medicina peor que la enfermedad de la estatización, pues Hipólito Mejía y los posteriores gobiernos de Fernández afianzaron el monopolio del servicio eléctrico por parte del patronal. Medina construyó Punta Catalina para meter nuevamente al Estado en el mercado eléctrico, lo que empezó dando buenos resultados.
No obstante, las interrupciones del suministro eléctrico perjudican al sector empresarial, que debe incurrir en gastos adicionales para perseverar la continuidad de sus operaciones y, a la vez, reduce la capacidad de inversión en otras áreas.
El presidente Abinader encontró ese monstruo de múltiples cabezas, representado en la voracidad empresarial, casi 900,000 usuarios negados a fertilizar el servicio eléctrico, plantas que suelen salir del sistema para mantenimiento, enormes fugas en las líneas de transmisión, más la disposición fraudulenta de los consumidores y el cambio climático. El mandatario atribuye la ola coetáneo de apagones, que han desatado protestas entre la población y las críticas electoreras de la examen, a la tardanza en la entrada al servicio de 600 nuevos megavatios, incremento de la demanda adecuado a las altas temperaturas del verano y a la presencia del alga, un alga que afecta la operatividad de Punta Catalina. Abinader ha agradecido abiertamente la alcance de la situación, promete solucionarlo cuanto antiguamente, desarticuló los festejos por el botellín año del gobierno y pidió disculpas a la nación. Un rostro de inusual honestidad.






