
Soy de la coexistentes que sabe que los 24 de diciembre ya no son iguales a los de la infancia. Hay una diferencia que no siempre se explica con palabras, pero que se siente. Entonces, la emoción se respiraba en el céfiro: los primos correteando por el patio, la ansiedad por el turno para bañarse, la aplazamiento eterna de que todo estuviera pronto.
En el centro de todo estaba mi abuela. La regalo en la cocina, avivando el fogón, mientras mis tías preparaban el moro, la infaltable ensalada rusa y los espaguetis. Y, como si fuera un pacto secreto, mi abuela nos regalaba a escondidas un puñito de pasas o de uvas, cómplice silenciosa de nuestra bienaventuranza.
Eso era para mí un 24 cierto: un día cargado de aprecio, de tradición y de una bienaventuranza simple, de esa que no hace ruido. Una Navidad caliente, como solía decirse antaño.
Con los primaveras, uno entiende aquella frase que tantas veces escuchó sin prestarle atención: éramos felices y no lo sabíamos. Hoy hay puestos vacíos en la mesa. Mamá y papá ya no están. Sin confiscación, cada 24 intentamos sostener la tradición más esperada del año: reunirnos, mirarnos, reconocernos en lo que queda y en lo que somos.
Ya no es la misma inocencia, pero sí una longevo prudencia. Ahora nos toca organizar, hacerse cargo responsabilidades y dar continuidad al ejemplo de quienes se fueron. Porque aunque no estén físicamente, permanecen vivos en la memoria, en los gestos repetidos y en esa privación casi sagrada de retornar a sentarnos juntos cada Nochebuena.







