El autor es economista . Reside en Santo Domingo
Por MARCELINO LARA
Muchos gobiernos, en presencia de la imposibilidad de satisfacer su deuda, correcto al monto elevado de intereses que la misma genera, deciden originarse a rebajar dicha deuda, aplicando una política económica de inflación controlada.
Como sabemos, la inflación contribuye al crecimiento nominativo del PIB, mejorando así la carga de la deuda sobre el PIB.
Por esta razón, no tiene mucho sentido financiero usar este indicador de deuda sobre PIB para explicar una reducción verdadero de la deuda, ya que en círculo inflacionario dicho indicador no refleja, en verdad, una disminución absoluta del monto de la deuda pública.
Esto es más un autoengaño, o una distracción para el ciudadano, que confundido, se cree el discurso de que la deuda ha disminuido.
Obviamente, aunque la deuda haya sido contraída en moneda extranjera, el cálculo del indicador se hace en pesos dominicanos.
Es una táctica delicadamente diseñada, evitando que la inflación se salga de control, al tiempo que se evita por todos los medios posibles, aplicar una reforma fiscal que obligue a las elites económicas a satisfacer más impuestos. Es una forma de evitar el costo político de tener que cobrar impuestos para satisfacer la deuda deuda.
Resulta así, políticamente más factible, implementar una política económica inflacionaria, a través del aumento exagerado del pago corriente, y no tener que aplicar más impuestos a la clase empresarial para satisfacer dicha deuda.
Inexcusable
En el corto plazo, todo luce muy factible, pero a desprendido plazo es inexcusable aplicar más impuestos para satisfacer la abultada deuda contraída.
Así se ha estado intentando disminuir la deuda pública dominicana con respecto al PIB, y no deberíamos sorprendernos si en algún discurso escuchamos afirmar nuevamente que la deuda pública dominicana ha estado bajando.
Es por esa razón que algunos teóricos de la peculio insignificante no confían mucho en el uso de ciertos indicadores para sus examen económicos, y es que son muy fácilmente manipulables a conveniencia. Por igual razón, siquiera confiaban demasiado en las proyecciones económicas.
No obstante, los economistas marginalistas siempre han estado muy claro en proponer que la inflación es un impuesto disfrazado que afecta principalmente a los sectores medios de la sociedad, que tiene su origen en un incremento de la cantidad de hacienda por encima de la capacidad de producción de una peculio, provocando así, un aumento generalizado en el nivel de precios.
Aplicar una política económica de inflación controlada para disminuir la relación de cociente entre la deuda y el PIB sería una desafío muy dañina para los medianos y pequeños productores así como para los sectores de clase media que deberán satisfacer el costo de dicha inflación, y no existe ninguna evidencia empírica que demuestre que su aplicación mejorará los indicadores fundamentales de la peculio, garantizando estabilidad de las grandes variables macroeconómicas.
Al final de cuentas, la deuda sigue creciendo en términos absolutos, convirtiéndose en un sobrecarga para generaciones futuras que tendrán la responsabilidad de pagarla con hacienda de sus bolsillos.
En conclusión, cuando un gobierno no puede satisfacer su cuenta con impuestos entonces se decide por la intrepidez más practicable, en el corto plazo, ejecutar una política económica de inflación controlada, a través del aumento del pago corriente, y la expansión sintético del crédito del Faja Central.
Hasta este momento, al parecer todo ha aparecido a la perfección para las autoridades, porque el indicador de deuda sobre el PIB se ha pequeño levemente, aunque a un costo demasiado elevado para la clase media y pequeños y medianos empresarios que siempre han pagados los platos rotos.
jpm-am
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