En la era de la sobreinformación el periodista camina sobre un dominio minado. No solo debe reñir con las noticiario falsas, multiplicadas como plagas digitales, sino con el sensacionalismo y la banalidad que han convertido a algunos programas de radiodifusión, televisión y portales dominicanos en fábricas de maledicencia y de medias verdades. Pespunte con mirar transmisiones en vivo que “cubren” un hecho sin probar carencia, o titulares que deforman un documento para originar vistas y “Me gusta”. El periodismo no es una carrera de velocidad: es una comisión de precisión y ética. Cuando el afán de clics suplanta la búsqueda de la verdad, la sociedad pierde su brújula. Y ahí es donde el periodista adquiere su veterano responsabilidad: resistir la presión de jefes de redacción que miden el éxito en métricas de redes y no en la calidad y verdad informativa. En un país donde cualquier “influenciador” difunde “noticiario” desde cualquier sitio, el periodista debe distinguirse no por chillar más válido, sino por investigar mejor. El rigor, la honestidad y la capacidad de preguntar lo incómodo son sus herramientas vitales. Su papel no es entretener, sino esclarecer, no es sumarse al ruido, sino ordenar el caos informativo. No se tráfico de renunciar a la inmediatez, sino de no olvidar que el periodismo es un servicio notorio, no un producto de consumo rápido. Cada documento verificado, cada contexto explicado, es un pared contra la manipulación.
Descubrir: ¿Les digo poco?
Porque cuando el periodista se rinde, en el noticiario de la sombra, en el matinal radial o en la tendencia de X apetito la mentira. Y cuando la mentira apetito, todos perdemos.






