LA AUTORA es ejecutiva de ventas. Reside en Nueva York
En la República Dominicana conviven dos realidades que escasamente se rozan: la que se exhibe a diario en los medios de comunicación, y la que se comenta en voz devaluación en las tertulias privadas de las élites económicas y políticas.
Son dos países en un mismo zona; dos escenarios donde las verdades se dosifican, las versiones se maquillan y las omisiones hablan más cachas que los titulares.
En la primera República —la visible— todo parece fluir con orden. Los periódicos publican cifras alentadoras de crecimiento financiero, los funcionarios prometen avances estructurales y los empresarios celebran sus logros en almuerzos televisados.
Es el país de los discursos oficiales, donde las estadísticas son el disfraz de la desigualdad y donde la palabra “progreso” se repite hasta vaciarse de sentido.
Allí, los escándalos se apagan con comunicados, las investigaciones se diluyen en el tiempo y la corrupción se convierte en un tema de temporada. En esa República, el poder político y el mediático se entrelazan en una danza de conveniencias mutuas: tú no hablas de lo mío, yo no publico lo tuyo.
La república que se oculta
La otra república —la que no se muestra— habita en las conversaciones íntimas de las clases altas y en los archivos no publicados de los periodistas que aún conservan escrúpulos. Allí se revelan los nombres detrás de los contratos inflados, los vínculos entre políticos y contratistas, las negociaciones por debajo de la mesa que determinan licitaciones, candidaturas y sentencias.
En esa república secreta se decide el destino financiero del país, las designaciones judiciales y las alianzas partidarias. Es donde la verdad se conoce, pero no se difunde. Donde los silencios cuestan caro, y las lealtades se pagan con cargos, favores o contratos públicos. Es el país del susurro y la complicidad.
La prensa entre la espada y el presupuesto
El periodismo dominicano vive en una frontera peligrosa entre informar y sobrevivir. Las redacciones están llenas de profesionales talentosos, pero muchos medios dependen de la publicidad estatal o empresarial. Esa dependencia crea un tapia invisible que filtra lo que se publica y lo que se calla.
No se manejo sólo de censura explícita; es la autocensura la que más daña. Esa voz interior que dice: “mejor no lo publiques”, porque podría costar una pauta, una amistad o incluso un empleo.
La gran deuda: devolverle al pueblo su derecho a entender
Mientras tanto, el pueblo sigue siendo espectador de una obra escrita por otros. No tiene entrada a la verdad completa ni a los debates reales que definen su destino. Y así, la democracia se vuelve un ritual sin contenido, una representación en la que muchos aplauden sin entender qué ocurre tras el telón.
Romper esa barrera exige valentía, independencia y compromiso. Significa recuperar la esencia del periodismo como servicio conocido, no como negocio de conveniencias.
Solo cuando se logre unir esas dos Repúblicas —la visible y la oculta— podremos balbucir de una nación transparente, coherente y verdaderamente democrática.
jpm-am
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