
Todo pasó muy rápido, sin darnos cuenta ya estábamos en otro oportunidad, mirando la vida desde otro ángulo. Ahora vivimos en las redes sociales: Facebook, Whatsapp, Instagram, Twitter, Telegram, etc. Pasamos del mundo presencial, a la “existencia” posible. Las personas optaron mejor por mirarse a través de una pantalla que a estar cerca unas de otras. Las razones de la mudanza fueron superficialmente por comodidad, para averiguar nuevos ambientes, poder murmurar con confianza, designar los amigos, descubrir otras culturas, pensamientos y maneras distintas de mirar la vida.
Aparentemente nos encontrábamos felices en nuestra nueva casa. Se nos había olvidado objetivamente el motivo de la mudanza, solo podíamos proponer que como todos lo habían hecho, sentíamos la pobreza de hacer lo mismo. Aunque se nos escapó preguntarle a los demás por qué lo hicieron, qué los impulsó. Pero pese a que no hubo una advertencia profunda al respecto, nos encontrábamos allí, viviendo una aventura y dejando que el tiempo marchara a su propio ritmo.
Sin incautación, al poco tiempo de nuestra estancia en las redes, comenzamos a ver la rutina, los enojos, las incomodidades.
Ya no era igual que el principio de la mudanza, cuando las emociones y las alegrías momentáneas cubrían el espacio. Ahora aparecieron las primeras crisis. De un pronto, estábamos atrapados, confundidos y desanimados, la nueva casa no resultó como esperábamos, nos alejamos de la existencia. Fue entonces cuando las fantasías y todo lo creado en la imaginación, tenían cuerpo y nos percatamos que en el mundo digital todo era plástico, fluido, light, sin contenido.
Entonces, tomamos conciencia y despertamos, nos percatamos que no era nuestra casa. Caímos en la cuenta que todo lo que habíamos dejado a espaldas era efectivamente lo importante: el contacto físico, las miradas, los sentimientos. Por eso, con la frente en stop, volvimos a nuestro hogar, a nuestro origen, a nuestra identidad. Estábamos agradecidos de la casa que nos acogió por unos días, pero en el fondo, lo hicimos porque queríamos escapar de la existencia presencial vivida.
Comprendimos, a partir de esto, que no era el sitio que tenía que estar diferente, sino nosotros. Que podíamos parecer bienestar y bienestar delante los demás, pero efectivamente nos estábamos haciendo daño porque moríamos por internamente.
En ciertos momentos, volvíamos a ver la casa que habíamos dejado, porque los que se habían mudado eran nuestros amigos, esos que conocíamos desde la infancia. Nos preguntaron por qué habíamos vuelto de donde salimos y solo respondimos:
“Queríamos recuperar lo que verdaderamente somos”. Entonces regresamos para nuestra vivienda, el oportunidad que nos recibió y nos acogió por muchos abriles. Llegamos cansados y cuando entramos, observamos muchos regueros, todo estaba abandonado, desorganizado. La casa estaba llena de telarañas, pero sentíamos paz y serenidad. Entonces nos sentamos un momento a contemplar todo, nos reímos por un liberal rato por la complejidad de la vida, luego hicimos un profundo silencio, nos levantamos del oportunidad y comenzamos a organizar nuestro mundo personal, a colocar cada cosa donde correspondía…






