Casi nada despierta el pibe —si aún se le puede tocar pibe— y ya tiene un rectángulo radiante entre las manos. No ha besado a su superiora, no ha pisado la tierra, no ha oreja al desafinación. Pero ya ha sido invadido.
Poco ha entrado en él, una suerte de murmullo incesante que no proviene del mundo sino de su simulacro. En las comunidades donde desliz casi todo, las pantallas abundan.
Como si la industria hubiera hallado una forma de colonizar incluso la miseria: ofrecer brillo a cambio de silencio, distracción a cambio de alma. No es que los jóvenes no piensen, es que los han obligado a pensar en lo que no importa.
Lo esencial ha sido cubierto por una avalancha de estímulos: rostros que bailan, cuerpos que se exhiben, juegos que premian la violencia, ideas reducidas a memes. Se ha perdido la parsimonia que da origen al pensamiento.
Se ha perdido la calma, la pausa, el desconcierto productivo. No hay conversación en la casa, no hay conversación en la escuela.
El único diálogo es con un cálculo que contesta con ecos de uno mismo. Y cuando llega el dolor, cuando la enojo se instala sin nombre ni destino, aparece la violencia.
No como acto político o semblante desesperado, sino como crisis muda de una subjetividad sin lengua. Se rompe el vidrio, se bichero el moretón, se incendia la palabra porque no se ha aprendido a nombrar el mundo.
Una pantalla encendida puede ser ventana o prisión. Pero la mayoría no abre ya en dirección a ningún lado. Se ha vuelto tapia, y el nuevo está de este flanco del tapia, solo, excitado, fragmentado. El rostro que ve no lo mira. La voz que oye no lo audición. Y él, aún sin saberlo, empieza a apagarse por internamente. Un estudio de Sapien Labs publicado en enero de 2025 reveló que el uso temprano y excesivo de smartphones está vinculado a un aumento de la beligerancia, la desconexión de la verdad e incluso alucinaciones en adolescentes.
Entre los jóvenes de 13 primaveras, el 37% reportó tantear beligerancia y el 20% alucinaciones, cifras significativamente más altas que en adolescentes mayores. Los investigadores advierten que la sobreexposición a experiencias digitales hiperrealistas puede distorsionar la percepción de la verdad y afectar el exposición cerebral y social.
Kafka escribió: “La pubescencia es eficaz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza nunca envejece.” Pero ¿cómo ver la belleza si nunca se ha trillado un atardecer sin interponer el filtro de una cámara? ¿Cómo amarla si nunca se ha aprendido a nombrarla?
Desde el umbralado, vemos con temor y ternura a estos niños que juegan a ser adultos en las pantallas mientras olvidan cómo se sueña. Y desde este mismo umbralado, debemos atreverse si seguimos siendo espectadores o si nos atrevemos a apagar, por un instante, la luz hipnótica… y encender una conversación.
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