@abrilpenaabreu
Si poco han demostrado los múltiples escándalos de corrupción y narcotráfico —de todos los gobiernos, los de antiguamente y los de ahora— es que las manzanas podridas ya no se conforman con comprar impunidad.
Ayer bastaba con financiar campañas, mantenerse detrás del telón y mover los hilos en silencio. Ahora se cansaron de ser el cárcel. Decidieron salir del clóset, dejar las bambalinas y inquirir los reflectores, sin darse cuenta tal vez de que así además llaman la atención… y aceleran la caída de la espada que inevitablemente les alcanzará.
Pero no nos engañemos: como el monstruo mitológico al que le cortaban una cabecera y salían dos más, el problema no desaparece. Lo que cambian son los dueños. El negocio continúa igualito.
Y mientras tanto, la sociedad sigue postergando los cambios que necesita. Los delincuentes siempre buscarán empantanarse en los espacios de respeto y poder… y nosotros se lo permitimos, incluso los validamos. Ya casi nadie paga un costo casto.
Detrás quedaron los tiempos en que el que delinquía era un paria social. Hoy dan entrevistas, se vuelven influencers y figuras de opinión, no porque hayan cambiado de vida, sino porque el moneda puede con todo.
El Congreso tendrá que mirarse por adentro y limpiarse, si quiere crear los controles que impidan que esa podredumbre siga filtrándose. Y la ciudadanía además deberá hacer su parte: recuperar la conciencia.
Porque pueblo pequeño, abismo vasto. En cada demarcación todos se conocen, saben quién es quién… y aun así, les votan y les siguen.
Habría que preguntarse, entonces: ¿quiénes son peores, los que se imponen con moneda o quienes, sabiendo lo que son, les entregan su confianza?






