EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.
El uso de internet se abrió al divulgado como una gran promesa de franqueza. La dispusieron como una red abierta donde las personas podrían conectarse, conversar y compartir sin intermediarios. Durante los primeros abriles de expansión digital, la idea era seductora: más conexión significaba más comunidad, para seres que necesitamos habitar en comunidad.
Así llegaron los correos electrónicos, los foros, los blogs, en fin, una especie de distrito nuevo donde cualquiera podía participar en la conversación pública.
Pero el relación ha cambiado. Sin que muchos lo advirtieran, la estructura de esa red comenzó a transformarse. La investigadora holandesa J. van Dijck, en su investigación sobre la civilización digital contemporánea, señala que en poco más de una plazo ocurrió un cambio profundo: pasamos de una comunicación en red a una socialidad organizada por plataformas.
Puede sonar técnico, pero sus consecuencias son muy serias. En los primeros tiempos de la web, las herramientas digitales funcionaban como canales abiertos. Los usuarios decidían cómo utilizarlas: crear grupos, permutar mensajes o compartir contenidos. La tecnología facilitaba la interacción, pero no la dirigía completamente.
Modificación
Con la aparición de la emplazamiento web 2.0, ese decorado comenzó a modificarse. Plataformas como Facebook, Twitter o YouTube dejaron de ser simples portadores de mensajes y se transformaron en infraestructuras que moldean la interacción social. Ya no se limitan a permitir la conversación: la organizan, la estructuran y la orientan.
Van Dijck pasión a este engendro “socialidad por plataformas”. La expresión describe un cambio básico: nuestras conversaciones, vínculos y expresiones ya no ocurren sólo entre personas, sino en el interior de sistemas diseñados para registrar, ordenar y dirigir esas interacciones.
La diferencia es fundamental. En la comunicación en red, la tecnología era un medio. En la socialidad por plataformas, la tecnología se convierte en edificación de la vida social.
Veámoslo en la vida cotidiana. Hace no tanto tiempo, actividades como conversar entre amigos, compartir una fotografía o comentar una idea eran actos efímeros que ocurrían en el interior de pequeños círculos. Hoy esas mismas acciones quedan registradas, cuantificadas y visibles para audiencias potencialmente masivas, y por otra parte desconocidas.
Lo que antaño era pasajero ahora se convierte en referencia. Las plataformas no solo facilitan la interacción: asimismo la codifican. Cada clic, cada “me gusta”, cada comentario alimenta sistemas algorítmicos que organizan la visibilidad de la información y, al mismo tiempo, generan valencia financiero.
Amigos, seguidores, visualizaciones y reacciones pasan a ser indicadores que ordenan la vida digital. La popularidad se convierte en una variable cuantificable y, por consiguiente, manipulable. Pero hay un detalle que suele suceder desapercibido: en esa transacción, los usuarios terminamos siendo la mercancía.
Me explico. Las plataformas operan en el interior de un ecosistema financiero donde la información sobre los usuarios tiene un enorme valencia. Por eso la interacción humana se convierte en materia prima para sistemas que procesan datos, segmentan audiencias y orientan flujos de información. De ahí su empeño en que permanezcamos en el interior de ellas.
Por eso luego de un contenido entretenido aparece otro más atractivo. Y luego otro. Y otro más. Cada clic permite conocer mejor nuestras preferencias. Ese conocimiento se convierte en “oro molido” para quien quiera vendernos poco. Para ellos, el negocio resulta claro.
Y para que así sea, tienen su secreto. Porque cuando la interacción se organiza en torno a de métricas de popularidad, la conversación pública tiende a privilegiar lo inmediato, lo emocional y lo fácilmente compartible. Lo arduo pierde espacio. Lo juicioso compite en desventaja frente a lo virulento.
Aclaro. No te invito a demonizar las plataformas. Hoy forman parte esencial de la infraestructura social contemporánea. Influyen en la guisa en que las personas se informan, construyen relaciones y participan en el debate divulgado.
El problema no es su existencia. El problema es no comprender su método, su trampa. Porque cuando nuestras conversaciones ocurren en el interior de estructuras controladas por plataformas privadas, otros terminan influyendo en cómo circula la información y cuáles contenidos adquieren viejo visibilidad.
Por eso concluyo preguntando. ¿Queremos que internet siga siendo un espacio de coincidencia entre personas? ¿O aceptaremos, sin cuestionarlo, un mundo donde la vida social queda cada vez más programada por plataformas?
info@nestorestevez.com
jpm-am
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