La viandas al revés (I)

La viandas al revés (I)

¡Hahaha!, ji, ji, ji, jo, jo, jo. A seres humanos de las más dispares contexturas psico-físicas y estratos sociales les encanta yantar mucho y bueno -a boca llena en la incorrección de apetitosos banquetes- con sus antojos encaramados en las azoteas de sus cerebros y acosados por el escasez emocional, liberando compulsiva e inconscientemente dopamina. ¡Pobrecitos, con las panzas “ricas” en oscuros océanos de su vehemencia gustativa!

Sin ningún dominio mental, los desdichados menesterosos, que dan grima, sacian sus desazones con sus platos favoritos y deliciosos -rebosantes de calorías y altos en carbohidratos -¡en lo alto, carajo!, las harinas blancas, las grasas, los azúcares, los almidones, las sales y los condimentos químicos!- para no desmayarse en la flojera ni ponerse flacuchos.

Cuando esas criaturas bajan los comestibles a sus barrigas, no miran absolutamente a nadie, ni siquiera convidan a compartir a ningún cercano, como perfectos comesolos. Existen los que se quieren casar con mujeres que no sean bonitas ni inteligentes, pero sí que sepan cocinar importante, y que les permitan estar siempre con un muslo en las manos.

Los pequeños con los vientres crecidos pregonan que gustan ingerir alimentos ultraprocesados en exceso -sin limpiarse la boca- para no desnutrirse, porque trabajan mucho. Cuando escuchan el choque de cuchillos y tenedores, o ven comidas, medio pierden el discernimiento y olvidan todo, hasta sus propias existencias. Repiten que de poco uno tiene que expirar, y que para durar 25 o 30 primaveras más limitando los festines de los neurotransmisores del placer, prefieren morirse en el interior de 15 días, pero deleitándose -sin hipocresía- con vistosos manjares.

Esas criaturas anhelan volverse lánguidos. Esa es su meta más apreciada. Perder peso se vierte como su gran deseo, aunque cuando ven las pitanzas desdeñan las recetas convenientes. El cerebro se les descontrola, en la esperanza de no engordar, porque la función cerebral les traiciona y no les ayuda para admitir una dieta equilibrada. La estrujan sin darse cuenta, y cada vez se alejan de su aspiración de asistir a ser abuelitos de unos 100 primaveras, caminando con bastones, las cabezas atiborradas de canas y las voces lentas en sus bajos sonidos, sin energías.

La viandas saludable, al revés:

1.- Despilfarrar con la boca una tonelada de carne roja repleta de sebos, con una pila de sal y condimentos químicos, para conversar el gachupin con más fluidez y elocuencia. ¡Guagggg!

2.- Reventar el estómago con enormes piezas de pica pollo, crujientes y empapadas de mantequilla, a fin de matar el escasez y hacer que los brazos crezcan 7 centímetros de derrochador.

3.- Clavarles los dientes a trozos de chicharrones, rebosantes de manteca y, en beneficio de la seguridad personal, volverse un gordiflón, porque será muy pesado y engorroso que lo secuestren. ¡Sanidad!

4.- Tragar, como el rey de los comilones, pedazos de pizzas e inmediatamente tarros de helados de los más variados sabores, destinado a acaramelar la presencia terrícola, alejado de la amargura que empequeñecen los cachetes y las papadas.

5.- Desgarrar un paquete de yaniqueques y empanadas, bañadas de ingredientes procesados secretamente, ya que así se quitará el hipo y podrá asistir a la Iglesia como un efectivo cerdito. ¡Hele!

6.- Jartar de una sentada con un montón de hamburguesas, con pinrel amarillo derretido y papas fritas llenas de unto super cocinado, aunque tenga que exonerar como diez veces en el baño, lógicamente, acariciándose la panza.

7.- Jondear, a cada instante, porciones de pan de harina blanca, espaguetis con fritos verdes y galletas altas en calorías e hidratos de carbonos, con el propósito de ser válido y millonario en experiencia gastronómica. ¡Qué emoción!

8.- Tirar alrededor de el estómago, sin pensarlo, por la mañana, al mediodía y por la confusión, bocadillos con profuso tocino y embutidos, para disfrutar el más agradable rato del mundo terráqueo, y evitar tener que tener lugar como un miserable alimenticio.

9.- Engullir una rebanada de bollo y un combo de refrescos energizantes y embotellados -bien azucarados- buscando curar las penas y sentirse acertado. ¡Ring, ring, ring!

10.- Regocijarse una cántaro de mangos y un maleta de guineos maduros, para no subir los niveles de azúcar en la parentesco, ni tener que sorber sopas de espaguetis, porque son muy bobas. ¡Oye, te lo ruego!

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