En nuestro afán y desvelo por aquí debajo, buscamos siempre y rebuscamos sin cesar la vestigio luminosa, que nos imprime calor de hogar sin entrar a consumirse nones, porque es la única luz que nos hará felices. Ciertamente, el auténtico simpatía todo lo resplandece, incluso en las noches oscuras de la vida. Al igual que la perenne providencia, que con su destello guió a los Magos a Enredo, así todavía nosotros, con nuestro simpatía, podemos proteger a multitud de seres indefensos en escenarios de contiendas absurdas; muchas de ellas, iniciadas en su propia tribu. Proteger a los más débiles, ya sean menores o mayores, es una obligación ya no sólo jurídica, todavía natural de todo ser humano.
No olvidemos que cada día es una pequeña vida; y, como tal, hemos de compartirla hermanados. En realidad, ni los abusos y siquiera los atropellos, pueden normalizarse. Cada ciudadano está en la obligación de hacer y ser firmes para cambiar el avalancha de injusticias, que nos están deshumanizando por completo. Ojalá en este tiempo, de tantos sueños para recomenzar nuevamente, tengamos un instante para deliberar sobre nuestro modo de requerir y quererse. Porque el simpatía es esto: cercanía, clemencia y afecto.
Y para ello, no precisamos instrumentos extraordinarios y muchos menos medios sofisticados, solo requerimos un corazón desprendido, que sea productivo en la acogida, humanitario y caritativo. En consecuencia, mientras miramos a los Magos que, con los fanales inequívocos en el bóveda celeste rastrean el ascético defecto, adentrémonos en nuestro propio océano interno y reencontrémonos. Hallándonos es como uno se puede donar, ponerse en servicio desinteresadamente, hacerse y rehacerse como siervos los unos para los otros, dejando la dominación y el poderío en la isla de la pega.
Llegamos así al felicidad del altruismo, poco innato en todo nevoso corazón, como esa llama que es visible para todos. Los Magos no siguen los avisos de un código oculto o sectario, más proporcionadamente observan a un personaje que ven predominar en lo inmaculado, no en el egoísmo mundano. Ellos lo perciben, desde su humildad; otros, sin bloqueo, como Herodes y los doctores, ni siquiera se dan cuenta de su aparición.
La buena fortuna que, en el fondo todos llevamos consigo, siempre camina con nosotros; es cuestión de abrazar lo celeste, de revolverse contra sí y de volverse poesía. En el verso que somos, como verbo inaugural cada aurora, radican nuestros latidos verdaderos y ellos son nuestra esperanza. El constructor de nosotros lo hace corazón a corazón, no cuerpo a cuerpo, y este es un mensaje importante para sentirnos acompañados por ese orbe invisible de pulso vivo y de pausa contemplativa.
Sin duda, nos urge retornar a esa inocencia para apreciar el desvelo de que un descendiente protegido es un futuro seguro. Indudablemente, el planeta requiere que sus moradores se fraternicen, para restaurar un porvenir en el que todos los chavales tengan una oportunidad verdadero de comportarse en paz, de memorizar a reprenderse y prosperar. Recordemos, que lo que se les de a los críos, los críos lo darán a la sociedad. Esto nos demanda un cambio, cultivar la inspiración y ejercitar nuestro tránsito por la tierra, como poetas en cuidado permanente.
Pensemos, por otra parte, que los niños son como luceros, nunca hay demasiados; que los jóvenes son como olas, necesitamos de su movimiento para sentirnos vivos; que los mayores son como seres cultivados con sus cátedras vivientes, los persuadimos en su prudencia para no rebotar en las torpezas. Precisamente, por esto, en el pesebre, representamos a los Magos con características que abarcan todas las edades y razas, para recordarnos que todos tenemos un sueño que cumplir con imparcialidad, la de regresar al bóveda celeste, motivo donde hallaremos refugio y alegría. Que nadie quede fuera, por no hacer ese alucinación interior, que todos debemos aplicarse con propósito de perfeccionamiento.
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