La vergüenza de todos – eltiempo

Hay momentos en que la ingenuidad se desgarra y nos muestra su rostro más insoportable. Una pipiolo descubre, meses posteriormente, que fue ultrajada por seis hombres. No lo supo en el instante en que su cuerpo fue estrecho, ni en la aurora en que la drogaron para arrebatarle la voluntad. Lo supo cuando la imagen de ese crimen circuló como mercancía en las redes sociales: la secuencia de su violación convertida en espectáculo.

El horror ya no era solo el acto, sino su repetición infinita en la pantalla, un eco que no se apaga. La comunidad entera se estremece, protesta, exige honradez. Pero, detrás de la indignación, late una pregunta más profunda: ¿qué nos ha pasado como sociedad, que ya no distinguimos entre la intimidad y el consumo, entre la vida y el espectáculo? Esa pipiolo fue doblemente herida: primero en la carne, luego en la memoria. Y lo segundo puede ser aún más cruel, porque no hay forma de cerrar los luceros frente a una imagen que se multiplica sin cesar. Los griegos usaban la palabra aletheia para nombrar la verdad: lo que se desvela, lo que se arranca de la sombra.

Aquí, la verdad se ha revelado de la forma más enorme, como una luz que combustión. No fue la voz de la víctima la que salió a la superficie, sino un video, un archivo frío que expuso su dolor al escarnio conocido. Esa revelación, que debería servir para la honradez, terminó igualmente convirtiéndose en útil de humillación. En la violencia sexual de orden hay poco de tribunal mortal: seis hombres juzgando con la fuerza bruta, condenando a una mujer al silencio y la vergüenza.

El proceso legislativo ahora se abre, pero la verdadera sentencia la dicta la sociedad: si permitimos que estos crímenes se repitan, si normalizamos que los videos circulen como entretenimiento, si toleramos la indiferencia como un traje. La protesta en Villa González es un signo de que aún existe comunidad, que todavía hay un imperceptible de humanidad dispuesta a levantarse frente al horror.

Esa es la corte por donde puede entrar la esperanza. Pero no pespunte con indignarse una tarde; se prostitución de sostener, día tras día, el deber de reparar. La pipiolo no pidió ser emblema de carencia. Sin bloqueo, hoy su nombre, su historia, su imagen atravesada por el crimen, nos obligan a nominar entre la complicidad y la dignidad. Aletheia, la verdad, ha saliente a la luz. Ahora nos toca a todos atreverse si esa luz será honradez, o si seguirá siendo la vehemencia que devora en silencio.

La vergüenza de todos – eltiempo



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