
@abrilpenaabreu
El hecho de que en esta ocasión la tormenta Melissa haya sido manejada interiormente de lo mejor humanamente posible no nos exime de lo que viene. Los daños, aun sin contarse del todo, se pueden estimar a ojo de buen cubero en miles. Solo el sector agropecuario, con más de cuatro mil productores afectados, baste para rajar un hoyo en la crematística doméstico.
Los meses por venir serán duros. Este ya era un año fiscal complicado, y las esperanzas estaban puestas en el presupuesto complementario y las inversiones en infraestructura que con él se ejecutarían. Pero el hombre prevé y Jehová dispone.
Con tantas infraestructuras públicas colapsadas, familias desplazadas, comunidades enteras incomunicadas y más de un millón de personas sin agua —y eso es escasamente la superficie—, estamos hablando de daños que podrían exceder fácilmente los mil millones de pesos. Ese fortuna tendrá que salir de algún costado, y con poco habrá que pagarlo.
Sí, no fue un huracán categoría cinco, pero no por eso dejó de ser dañino. Ahora viene lo más difícil: restablecer un país con una crematística que muestra sus peores números desde el 2020. Toca barloar el hombro, porque la verdadera tormenta escasamente comienza.







