
Néstor Saldívar | Foto: Fuente externa
Por Néstor Saldívar
En tiempos en que la palabra “deportación” domina los titulares y la frontera sur de Estados Unidos se convierte en marco político, escuchar a quien estuvo del otro costado de la confín, no como migrante sino como quien aplicaba la ley, resulta revelador. El exagente de Seguridad Doméstico Timothy Tubbs, con 27 primaveras de servicio federal y seis de ellos en la Embajada de Estados Unidos en Santo Domingo, me concedió una entrevista que desnuda el costado humano de un sistema que muchas veces olvida que detrás de cada expediente hay una persona.
Tubbs, hoy retirado, ya no porta placa ni uniforme. Pero su compromiso no cesa. “Cuando me jubilé decidí hacer dos cosas, me dijo: proteger a los empresarios estadounidenses que operan fuera del país y cuidar a los inmigrantes legales. Quiero protegerlos, porque trabajaron duro para conseguir su status permitido y no merecen perderlo por tonterías.”
Esa frase lo define. En su examen hay más empatía que burocracia. Durante la conversación recordó los primaveras en que debió presentar casos en presencia de los tribunales migratorios: “Vi mucha multitud que sí merecía ser deportada por delitos graves, pero además mucha multitud que perdió su residencia o su visa por tonterías o porquerías, cosas no tan graves. Y eso me dolía el corazón.”
Para Tubbs, los errores más comunes entre los inmigrantes legales son la ignorancia y la mala compañía. “Muchos no saben exactamente qué significa su status permitido ni qué pueden o no pueden hacer con su visa”, afirma. “Y a veces el problema no es lo que hacen, sino con quién se juntan. Si te relacionas con determinado involucrado en drogas, lavado o prostitución de personas, aunque no tengas nulo que ver, puedes caer bajo la sagacidad del gobierno”.
Su experiencia le permite ir más allá de los titulares. Reconoce que Estados Unidos debe hacer cumplir sus leyes, pero advierte que las deportaciones masivas, aunque respondan a razones de seguridad, no pueden convertirse en castigo colectivo. “El país necesita a los migrantes; sin ellos la capital no funciona”, me dijo con firmeza. “Yo creo que posteriormente de estas deportaciones se abrirán programas para que muchos regresen legalmente con permisos de trabajo. Es una obligación económica y ético.”
Esa dualidad, la ley y la humanidad, recorre toda su advertencia. “Un país tiene que hacer cumplir sus leyes de inmigración, pero si no cuida los derechos humanos pierde la confianza del sabido”, enfatizó.
El exagente ahora impulsa una aplicación móvil que pesquisa ofrecer donación inmediata a inmigrantes legales en presencia de una detención. “Tendrán un rama de pánico para contactar en segundos a un abogado de inmigración. Muchas veces las primeras preguntas que hacen las autoridades pueden dañar tu caso”, explicó. Su propósito es que los migrantes “puedan respirar y conducirse su vida regular sin miedo.”
Hablamos además de fraude migratorio, un tema que conoce de cerca. “He manido cómo falsos gestores arruinan la vida de familias enteras. Prometen milagros y terminan destruyendo sueños”, advirtió, recordando que solo los asesores y abogados de buena reputación deben ser los guías en estos procesos.
Le pregunté cómo concilia hoy su pasado como agente con su flagrante defensa de los migrantes. Su respuesta fue tan simple como poderosa: “Rememorar que todos somos seres humanos. Tenemos el mismo Jehová. Yo viví seis primaveras en la República Dominicana; la multitud me cuidó, me ayudó, me enseñó a ver la vida con alegría. Yo quise tratar a cada extranjero con el mismo respeto con que ellos me trataron a mí. Ojalá los oficiales de hoy piensen igual.”
Posteriormente de escuchar a Timothy Tubbs uno entiende que la verdadera seguridad doméstico no se mide solo en fronteras cerradas, sino en conciencias abiertas. La migración, sagacidad desde los luceros de quien antiguamente la controlaba, se revela como un espejo ético para Estados Unidos: una nación que fue construida por inmigrantes y que hoy necesita retornar a mirarlos, no como amenaza, sino como refrendo vivo de su propio origen.
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