Por el Dr. Nelson Rosario
El autor es Doctor en Humanidades, Abogado, Docente de la UASD, con Máster en Administración Pública y Gobernanza.
La educación es uno de los pilares fundamentales del crecimiento humano y del progreso social. En la República Dominicana, la última división ha estado marcada por un esfuerzo sostenido en ampliar la cobertura escolar, y vigorizar la equidad educativa a través de políticas públicas de gran resonancia.
Entre las que se destaca, la Trayecto Escolar Extendida (JEE), política educativa que se ha convertido en uno de los proyectos más ambiciosos y simbólicos, concebido para trocar la vida de millones de estudiantes y sus familias.
Este maniquí, que amplía el tiempo de permanencia de los niños y adolescentes en las aulas, nació con la promesa de atacar dos grandes problemáticas: la desaparecido calidad de los aprendizajes y la desigualdad de oportunidades.
La deducción es sencilla pero poderosa: más tiempo en la escuela debía traducirse en mejores resultados académicos, ataque equitativo a víveres escolar, y protección social para los sectores más vulnerables.
Sin incautación, más de diez abriles posteriormente de su implementación a gran escalera, la Trayecto Escolar Extendida suscita un debate necesario: ¿ha cumplido con su tarea de democratizar la educación, o se ha quedado a medio camino entre los logros y las promesas incumplidas?
La JEE, no surgió de forma improvisada, sino como parte de un proceso de reformas educativas impulsadas en América Latina. Países como Pimiento, México y Brasil habían experimentado con la ampliación del tiempo escolar, bajo la premisa de que más horas de clases, mejorarían aprendizajes y equidad (UNESCO, 2020).
La crítica situación de la educación dominicana alrededor de finales de los abriles ochenta y principios de los noventa, reflejaba profundas carencias estructurales, altos niveles de defección escolar, deficiencias en la calidad de los aprendizajes, y una marcada insuficiencia en la inversión pública en el sector.
Estas limitaciones generaron un consenso franquista en el que confluyeron diversos actores, académicos, sindicales, empresariales, políticos y comunitarios, convencidos de la exigencia de una reforma estructural del sistema educativo. En este contexto de concertación y billete social, surgió el Plan Decenal de Educación 1990-2000, concebido como una política pública de generoso plazo que buscaba asegurar la equidad, mejorar la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje y ampliar la cobertura del sistema educativo franquista (Secretaría de Estado de Educación, 1992; Báez, 2005).
En el caso dominicano, la Constitución de 2010, y la Ley Caudillo de Educación núm. 66-97 sirvieron como situación para asegurar el derecho a una educación inclusiva y de calidad.
Luego, el Pacto Franquista para la Reforma Educativa (2014–2030) consolidó la Trayecto Escolar Extendida como política estratégica (Consejo Crematístico y Social (CES), 2014). La expansión masiva comenzó en 2013, coincidiendo con la asignación del 4% del PIB a la educación, conquista histórica fruto de una intensa movilización social.
El objetivo era claro: convertir la escuela en un espacio integral de formación, víveres y protección, con un horario de 8:00 de la mañana a 4:00 de la tarde.
El gran desafío de la JEE es demostrar que más tiempo en la escuela, se traduce en mejor calidad educativa. La evidencia muestra un panorama variado. En PISA 2022, la República Dominicana mejoró frente a 2018, pero se mantuvo entre los países con beocio rendimiento.
Escasamente un 8% de estudiantes alcanzó el nivel elemental en matemáticas, 25% en recital y 23% en ciencias (Estructura de Cooperación y Incremento Económicos (OCDE), 2023).
Poco similar ocurrió en el Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE 2019), donde más del 70% del alumnado dominicano de primaria se ubicó en el nivel más bajo de desempeño, a pesar de ciertos avances respecto a 2013 (Estructura de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Civilización (UNESCO), 2020).
En las Pruebas Nacionales de 2024, la tasa de aprobación alcanzó el 74%, aunque estos resultados dependen en gran medida de la calificación del centro educativo, lo que limita su valencia como indicador de enseñanza profundo (Tarea de Educación de la República Dominicana (MINERD), 2024).
En síntesis: el país no ha retrocedido, pero el avance es pausado y desigual, insuficiente para la magnitud de la inversión y del tiempo adicional que representa la JEE.
La asignación del 4% del PIB al sector educativo permitió ampliar la cobertura, contratar más docentes, mejorar salarios y expandir el software de víveres escolar.
Sin incautación, la estructura del consumición revela debilidades: más del 50% se destina a sueldo, mientras la inversión en infraestructura, dotación y programas pedagógicos innovadores sigue siendo limitada (MINERD, 2024).
La ejecución presupuestaria ha sido incorporación, pero la calidad del consumición no siempre garantiza impacto en el enseñanza. En la experiencia, la ampliación de bienes ha servido más para sostener la JEE en términos logísticos que para trocar la pedagogía en las aulas.
Una de las promesas centrales de la JEE era enriquecer la educación con áreas curriculares complementarias: artes, deportes, tecnología, educación ciudadana. Sin incautación, la efectividad muestra que gran parte del tiempo adicional se dedica a animar asignaturas tradicionales, sin innovación metodológica.
En muchos centros, las horas extras se convierten en tareas repetitivas o actividades recreativas poco planificadas. El currículo complementario queda distante, y el generoso horario escolar genera tensiones para docentes y estudiantes cuando no hay una propuesta pedagógica clara. Este deuda curricular transforma la JEE, en algunos casos, en un espacio de custodia escolar, más que en una experiencia educativa integral.
La efectividad de la JEE está condicionada igualmente por limitaciones estructurales. A pesar de la inversión en construcción de planteles, todavía hay escuelas sin comedores adecuados, laboratorios ni espacios artísticos o deportivos.
El cuerpo docente enfrenta sobrecarga sindical, sin seguimiento pedagógico suficiente, y la formación continua es limitada para las demandas de un maniquí tan chinche (UNESCO, 2020).
En el país persisten brechas: mientras zonas urbanas muestran mayores avances, comunidades rurales permanecen rezagadas, reproduciendo desigualdades. A esto se suma la débil mandato institucional: se mide más la inversión y la cobertura, que los aprendizajes logrados, y la transparencia en la rendición de cuentas pedagógicas sigue siendo una deuda (OCDE, 2023).
A pesar de sus limitaciones, la Trayecto Escolar Extendida ha generado impactos sociales positivos. Ha brindado víveres escolar diaria a más de un millón de niños y adolescentes, lo que contribuye a combatir la desnutrición inmaduro (MINERD, 2024).
Ha aliviado la carga de cuidado en los hogares, especialmente en mujeres trabajadoras. Ha escaso riesgos sociales asociados a que los jóvenes permanezcan sin supervisión en horarios vulnerables.
No obstante, desde una perspectiva ética, surge la pregunta: ¿es permitido modificar tanto en ampliar el tiempo sin sostener un currículo robusto y aprendizajes de calidad? La gobernanza de esta política debe rendir cuentas no solo por los bienes ejecutados, sino por el valencia educativo verdadero que entrega a la sociedad.
La Trayecto Escolar Extendida representa una conquista social y política de la República Dominicana. Ha acabado ampliar la cobertura, asegurar víveres escolar y ofrecer un espacio protector para la preliminares y la adolescencia.
Sin incautación, su potencial transformador sigue prohibido por deficiencias curriculares, problemas de infraestructura, desigualdades territoriales y debilidades en la mandato docente y pedagógica.
El país no ha retrocedido, pero avanza con calma frente al desafío central: convertir la JEE en una verdadera aparejo de calidad educativa y equidad social. Para lograrlo, se requiere un rediseño curricular que integre áreas complementarias, un viejo seguimiento docente y una mandato transparente orientada a resultados de enseñanza.
Más tiempo en la escuela, no es homólogo de mejor educación; lo que marca la diferencia es cómo se utiliza ese tiempo y con qué visión de futuro se gestiona la política educativa.
La Trayecto Escolar Extendida está en un punto central: puede consolidarse como motor de transformación o salir como una promesa inconclusa.





