Existe una tendencia a individualizar la sanidad mental, como si todo dependiera de la fuerza de voluntad o las decisiones y capacidades personales. Esto implica, por un costado, que se responsabiliza a las personas y sus familias para encontrar soluciones, mientras se deja de costado la necesidad de mejorar las condiciones estructurales, como la pobreza, la desigualdad, la violencia o la descuido de golpe a servicios básicos o de información, que afectan directamente el bienestar psíquico o emocional. Por otro costado, la atención se reduce a los fármacos, como si un medicamento pudiera, por sí solo, resolver dolores que muchas veces tienen raíces sociales, económicos, afectivos y comunitarios. Este enfoque individualista no solo es menguado, es igualmente injusto, porque pone el peso del sufrimiento en quien lo padece, en emplazamiento de distribuir la responsabilidad entre quienes construimos, sostenemos o permitimos entornos que enferman.
Aclaro que cuando hablo de sanidad mental me refiero a un sistema enredado donde confluyen pensamientos, emociones, conductas y procesos bioquímicos cerebrales. Cuando este sistema se desequilibra, pueden requerirse medicamentos que aporten las sustancias que el cerebro ya no puede producir por sí mismo. En otros casos, la psicoterapia es fundamental para revisar creencias, patrones de pensamiento y formas de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Pero antaño de ascender a un punto de crisis, deberíamos preguntarnos: ¿qué factores están enfermando a las personas?
Más allá de la predisposición genética, existen detonantes que juegan un papel crucial en el ofensa de la sanidad mental. Algunos de los más frecuentes son: a) La precarización de la vida: trabajos inestables, jornadas interminables, bajos salarios y el miedo constante a no ascender a fin de mes. b) El aislamiento social y la descuido de redes de apoyo, especialmente en entornos urbanos donde predomina el individualismo y el poco sentido de comunidad c) La violencia estructural y simbólica: desde la discriminación por pobreza o discapacidad hasta el trato desigual por ser mujer o ser impulsivo o pupila d) Sociedades en extremo exigentes, que te incluyen o excluyen a partir de tu capacidad de desembolso o consumo (de fortuna, objetos, sustancias)
Por eso, aunque es cierto que cada persona con algún dictamen psicosocial necesita una atención clínica especializada y personalizada que puede incluir prescripción y/o terapia psicológica, igualmente es indispensable incorporar respuestas comunitarias como: a) Redes de apoyo barrial o comunitario, donde las personas no estén solas frente a el sufrimiento, sino contenidas en entornos que las escuchen, acompañen y sostengan, b) Programas de intervención comunitaria que integren psicología, trabajo social y educación popular, para advertir, detectar y compartir situaciones de malestar psíquico desde una examen integral.
Y si adicionalmente, esta persona con una condición de sanidad mental es causa o padre, la necesidad de las soluciones se multiplica, siendo necesario: a) Promover políticas públicas de corresponsabilidad natural, que distribuyan de forma desafío las tareas domésticas y de cuidado, aliviando la sobrecarga (que suele recaer desproporcionadamente sobre las mujeres), b) Blindar la red de cuidados comunitarios ( tanda extendida, centros de cuidado pueril, espacios de crianza compartida) que permita a madres y padres con algún peligro psico-social contar con apoyo en la crianza y tiempo para su propia recuperación.
Es así que balbucir de sanidad mental colectiva igualmente implica hacernos cargo de las culturas y patrones sociales que nos enferman. ¿Cómo no va a poseer un aumento de los trastornos de ansiedad o depresión si: a) Normalizamos y consumimos a diario contenidos violentos en canciones, series y redes sociales, que promueven relaciones tóxicas, le hacen culto a la violencia y banalizan el dolor? b) Exigimos a las personas que sean en extremo productivas, exitosas y “resilientes”, pero no brindamos condiciones mínimas de bienestar ni extras emocional? c) Estimulamos el consumo monumental y la competencia constante, generando frustración, angustia y sensación de fracaso en quienes no logran sostener ese maniquí idealizado de vida.
Frente a esto, es urgente restaurar el tejido social y retornar a los barrios, cambiar en sanidad mental preventiva, haciendo jornadas abiertas de psicología comunitaria, espacios seguros de audición activa, formación en primeros auxilios psicológicos en las comunidades y claro, todo esto requiere inversión y continuidad pública.
Debemos comprender que la sanidad mental no está solo en los consultorios de psicólogos y psiquiatras, igualmente se construye o se debilita en la forma en que nos relacionamos, en cómo habitamos nuestras casas, escuelas, trabajos y barrios. La sanidad psíquica y emocional no es un tema individual, es una responsabilidad compartida, por eso, cuando algún padece alguna condición psicosocial no podemos mirar para otro costado, debemos preguntarnos: ¿qué puedo hacer, desde donde estoy, para compartir, cuidar y recuperarse en comunidad?





