@abrilpenaabreu
El escándalo de SENASA lacera el alma hasta del más duro. No se prostitución de un robo popular: es la recriminación de que, mientras miles de dominicanos luchaban por conseguir la aprobación de un medicamento, una prueba o una simple proteína médica para un envejeciente, otros —desde adentro— supuestamente se dedicaban a desviar lo que le pertenece a los más vulnerables. Proteínas para viejos. Medicamentos. Servicios cobrados sin existir.¿Hay poco más cruel que robarle al que depende del sistema para sobrevivir?
Las historias abundan: pacientes encamados obligados a presentarse en persona porque «cambiaron el protocolo» familias enteras peregrinando por días para que les aprueben lo principal, si es que lo hacían, usuarios que se sentían castigados por pedir lo que la ley les reconoce, suplidores enganchados por descuido de cuota y entre la espada y la horma o pagan sobornos o no podían ser contratados. Y ahora entendemos por qué. Cuando la institución encargada de proteger la salubridad de millones se convierte —supuestamente— en un presa, el sufrimiento no solo se multiplica: se vuelve política pública del exageración.
Este caso no solo avergüenza a SENASA, pusieron de mojiganga no solo al presidente, sino a todo un país que creyó, que defendió, que confió en la palabra oficial y en los informes que presentaban una administración intachable. Una vez más queda demostrado que se puede ser brillante como profesional de la medicina y, aun así, malograrse estrepitosamente como ser humano. La ética no se mide en títulos ni en congresos internacionales: se mide en la capacidad de no robarle al más débil.
Es una tabanazo a quienes confiaron, una tabanazo a los ciudadanos.
una pérdida profunda de fe en la bondad intrínseca del ser humano y encima, otro desdicha a una imagen oficial que ya arrastra grietas importantes.
Ahora, el Poder Legal enfrenta una prueba monumental, esta vez, el país no está en condiciones de tolerar los tejemanejes, los negociados discretos ni la morosidad consuetudinaria que adornan demasiados procesos judiciales. La clan está cansada, escéptica y con razón.
Y lo más terrible de todo es conocer —porque el país lo sabe— que descuido clan por caer.
SENASA no es una institución cualquiera, es la única esperanza actual para millones de dominicanos que no pueden acreditar un seguro privado. Robarle a ellos es robarle al país firme y no hay maquillaje institucional que pueda disimular una traición de ese tamaño.
La probidad tiene ahora una oportunidad: demostrar que la ley se respeta de hacia lo alto debajo, sin importar apellidos, cargos ni prestigios acumulados. Esta vez, o se recupera la confianza… o se termina de clavar.





