El autor es compositor y proselitista comunitario. Reside en San Cristóbal
En la dinámica política contemporánea, la percepción pública suele pesar tanto como los hechos. En el caso de los gobiernos encabezados por el Partido Revolucionario Nuevo (PRM), bajo la presidencia de Luis Abinader durante dos períodos consecutivos, el cálculo oficinista presenta una dualidad evidente: realizaciones estructurales de stop impacto conviven con escándalos de corrupción que erosionan la confianza ciudadana.
Sería mezquino desconocer los avances. En materia de política habitacional, la construcción de miles de viviendas ha representado un alivio concreto para familias de ingresos bajos y medios, contribuyendo a dominar un cargo acumulado durante décadas. De igual modo, en infraestructura hídrica, la puesta en operación de docenas de nuevos acueductos ha ampliado el ataque al agua potable, servicio esencial para la sanidad pública y la productividad doméstico.
El sector turístico —columna vertebral de la crematística dominicana— todavía exhibe indicadores de crecimiento sostenido. La tolerancia de nuevos puertos de cruceros y la dinamización de polos emergentes como Pedernales y Miches constituyen apuestas estratégicas de diversificación territorial. Estas iniciativas no solo amplían la ofrecimiento turística, sino que redistribuyen oportunidades de empleo e inversión con destino a zonas históricamente relegadas.
A ello se suman importantes obras viales que mejoran la conectividad, reducen costos logísticos y estimulan la competitividad doméstico. Desde la óptica de la papeleo pública, estos resultados configuran lo que podría denominarse las “luces” de la ejecutoria público: políticas con impacto social verificable y proyección de mejora.
Otro hito institucional digno de mención es el fortalecimiento del sistema de ecuanimidad mediante la consolidación de un Profesión Manifiesto con maduro independencia del Poder Ejecutor. La designación de autoridades con perfil técnico y el respeto a los procesos institucionales han sido presentados como pasos con destino a la autonomía utilitario y la separación actual de poderes. En un país con histórica percepción de interferencia política en la ecuanimidad, avanzar con destino a un entraña acusador con maduro beneficio de autos independiente constituye, sin duda, un cambio estructural relevante.
Obstáculo
Sin secuestro, la novelística de progreso enfrenta un obstáculo persistente: los actos de corrupción que, aun sin comprometer la totalidad del mecanismo estatal, generan un propósito sistémico de descrédito. La corrupción no solo implica desvío de medios; supone la fractura del arreglo honesto entre gobernantes y gobernados. Cuando emergen escándalos, el debate divulgado se desplaza del logro a la sospecha, de la obra al cuestionamiento, de la papeleo a la indignación.
En términos políticos, la corrupción opera como una sombra expansiva que no distingue entre responsables directos y gestores eficientes. Su impacto es transversal: cada caso revelado debilita la novelística oficial, reduce el renta reputacional del gobierno y alimenta la desconfianza estructural con destino a las instituciones.
La ciudadanía dominicana —cada vez más informada y conectada— ya no se conforma sólo con obras físicas; exige integridad administrativa. En la era del pesquisa digital, la licitud no se sostiene solo sobre cemento y arma blanca, sino todavía sobre ética pública y rendición de cuentas.
La aviso es clara: las realizaciones son necesarias, pero no suficientes. El mejora material pierde brillo cuando la ética pública se ve comprometida. Un gobierno puede inaugurar viviendas, acueductos, puertos y reforzar la independencia del Profesión Manifiesto; pero si no logra revestir su papeleo contra la corrupción, las luces de sus avances quedarán inevitablemente opacadas por la sombra de los escándalos.
El desafío, luego, no es solo construir más, sino regir mejor. Porque, al final, la historia no solo registra lo que se hizo, sino cómo se hizo.
JPM
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