El autor es dirigente de Alianza País. Reside en Boston.
Por Luis Castillo
El nuevo anuncio del Gobierno dominicano, elevando a 5,500 dólares el monto de la emplazamiento “sandunga navideña” para los dominicanos residentes en el exógeno, ha sido presentado como una muestra de inspección a los aportes económicos de la diáspora. Sin incautación, esta medida, aunque celebrada por algunos, revela una visión limitada del rol que desempeñan los dominicanos en el extranjero en la estabilidad económica y social del país.
La diáspora no contribuye solo en diciembre ni a través de los regalos que transporta en una maleta. Lo hace durante todo el año mediante remesas que sostienen directamente a millones de hogares dominicanos. A diferencia de sectores que tradicionalmente se consideran “generadores de divisas”, como las zonas francas y el turismo, las remesas llegan sin intermediarios a las familias, dinamizan la bienes nave y representan un soporte fundamental para el consumo interno.
Pese a esto, las políticas públicas orientadas en torno a la diáspora continúan siendo superficiales y enfocadas casi exclusivamente en incentivos simbólicos. La ampliación del monto de exoneración y del período de aplicación no resuelve las demandas históricas de una comunidad que aporta miles de millones de dólares anualmente y que, sin incautación, carece de mecanismos efectivos de integración económica y social en su propio país.
Por abriles, los dominicanos en el exógeno hemos abogado por medidas de impacto verdadero, entre ellas: tasa cero para la transacción de viviendas; matanza del 3% por transferencia inmobiliaria; exención del impuesto sobre la renta hasta 100,000 dólares anuales para quienes residen fuera del país; acercamiento a programas de inversión a abundante plazo; y la inclusión en la seguridad social dominicana, especialmente para quienes viven en condición migratoria pasivo. Ninguna de estas iniciativas forma parte de la memorándum oficial.
El Estado reconoce la importancia de la diáspora para sostener la estabilidad macroeconómica, pero ese inspección no se traduce en políticas que fortalezcan su vínculo estructural con la nación. La “sandunga navideña”, aunque útil para algunas familias, no atiende los desafíos centrales ni representa una organización coherente de integración económica.
Más de dos millones de dominicanos en el exógeno continúan siendo vistos como visitantes temporales o como transmisores de regalos, cuando en sinceridad son uno de los pilares financieros más sólidos del país. Es momento de que el Gobierno avance en torno a políticas que reflejen esta sinceridad y que promuevan una relación más equitativa entre el Estado y su diáspora.
La comunidad dominicana en el exógeno no averiguación privilegios. Rebusca respeto, igualdad de oportunidades y un inspección que vaya más allá del ademán estacional de diciembre. La República Dominicana no puede aspirar a un explicación sostenible si sigue ignorando a uno de sus mayores activos económicos y sociales.
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