El autor es médico oftalmólogo. Reside en Santo Domingo.
Luego de la crimen de Trujillo, nuestro país se encontró en un momento de profundas contradicciones de índole político, ya que la condición de facilidad que anhelaban los dominicanos desbordó pasiones y ocasionó enfrentamientos. Esa es la principal característica de esos abriles que, desde luego, igualmente afectaron la situación sanitaria y la profesión médica.
En el ámbito de la salubridad pública, este período no puede analizarse simplemente como una sucesión de administraciones ministeriales o estadísticas epidemiológicas aisladas. La salubridad en la República Dominicana de 1961 a 1966 fue un marco de batalla, tanto idéntico como figurado. Fue el dominio donde se enfrentaron las viejas prácticas clientelistas y autoritarias del trujillismo contra las nuevas aspiraciones de medicina social y derechos universales plasmadas en la Constitución de 1963.
Fue el marco donde una engendramiento de médicos, formados bajo el miedo o en el desarraigo, tomó las riendas de los hospitales y gremios para convertirlos en instrumentos de lucha política. Y, trágicamente, fue el marco de una refriega civil en 1965, donde los hospitales se convirtieron en trincheras y la medicina tuvo que improvisarse bajo el fuego de morteros y la vigilancia de tropas extranjeras.
La salubridad durante la época de Trujillo estuvo marcada por la construcción de centros de salubridad sin un criterio específico, sino por la condición del régimen y de la alabanza al ego del dictador. Así tenemos que hospitales importantes se construyeron sobre todo en la ciudad de Santo Domingo, entonces Ciudad Trujillo. Centros como el Hospital Marion, el Hospital Brioso, el Hospital Morgan o el Padre Billini daban servicios en la caudal; en Santiago se construyó el flamante Hospital Cabral Y Báez, y vemos en San Cristóbal, la ciudad donde nació Trujillo, la construcción y gran empuje al Hospital Pina, designado como el gran hospital del Sur.
Ese centro, cercano a la ciudad, tuvo sin incautación una gran importancia en la plazo de 1950 correcto a la gran cantidad de profesionales destacados que fueron designados para trabajar en aquel centro, con el objetivo de loar al dictador. Desde luego, la entorchado de esos profesionales en ese centro es más que encomiable, y contribuyeron mucho al exposición y modernización de nuestra medicina.
Mientras la caudal exhibía estos centros modernos, la existencia en las provincias y zonas rurales —donde residía la mayoría de la población— era desoladora. El sistema de dispensarios era insuficiente y dependía de la caridad o de misiones sanitarias esporádicas.
Las enfermedades infectocontagiosas como la malaria, la tuberculosis y la parasitosis intestinal hacían estragos en una población campesina sin llegada a agua potable, cuya esperanza de vida tan pronto como superaba los 46 abriles en 1960. La estructura administrativa, denominada Secretaría de Estado de Sanidad y Filantropía (y luego Previsión Social), funcionaba bajo un esquema erecto donde cada elección, desde el director de hospital hasta el conserje, pasaba por el filtro del Partido Dominicano.
Esto generó una burocracia sanitaria obediente pero ineficiente, donde el criterio técnico se subordinaba al político. Esto lo verificamos en muchos informes de diferentes estamentos que se contradecían y en estadísticas modificadas para que el régimen no se sintiera ofendido. Hay ejemplos como la inauguración de un mismo hospital en dos ocasiones, solo para satisfacer evacuación de propaganda del régimen.
De todos modos, se creó una estructura.
Desde luego, el 30 de mayo de 1961 cambió todo el panorama, y tras unos meses de contención se desató una crisis de gobernabilidad, correcto a la presión popular que pedía la destitución de todos los funcionarios, desde directores de hospitales a médicos o profesores vinculados al régimen de Trujillo.
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