@abrilpenaabreu
República Dominicana recibe cada año millones de visitantes. Hoteles llenos, aeropuertos en expansión y cifras récord se han convertido en parte habitual del discurso crematístico doméstico. Sin incautación, detrás de ese éxito existe una existencia menos visible: el turismo dominicano ha sido, durante décadas, profundamente territorialmente desigual.
Mientras polos como Punta Cana, La Romana o Samaná concentran inversión, empleo e infraestructura, amplias regiones del país —especialmente el Sur— han permanecido prácticamente al beneficio del principal motor crematístico doméstico.
En ese contexto, la inauguración de la nueva ruta turística histórica de aproximadamente 450 kilómetros, que conecta la Ciudad Colonial con provincias del Sur profundo, representa poco más que un tesina turístico. Es, en esencia, un intento de modificar la geogonia económica del país.
La puesta es clara: convertir la historia, la civilización, la naturaleza y la identidad dominicana en actividad económica fuera del maniquí tradicional de resort. No se negociación de atraer más turistas al país —eso ya ocurre— sino de conquistar poco mucho más enrevesado: que el turista se mueva en el interior del país.
El maniquí turístico dominicano ha sido exitoso, pero además concentrado. El visitante llega, se hospeda, consume y regresa a su país sin necesariamente conocer la viejo parte del país doméstico. La consecuencia es evidente: el crecimiento crematístico generado por el turismo no se distribuye de guisa homogénea.
La nueva ruta sondeo lícitamente lo contrario. Implica que el visitante utilice carreteras secundarias, visite museos locales, contrate guías comunitarios, consuma en pequeños restaurantes y se hospede en alojamientos de último escalera. Es sostener, que el turismo deje de ser exclusivamente hotelero y pase a ser además comunitario.
Pero aquí surge la verdadera cuestión: inaugurar una ruta es relativamente sencillo; hacerla funcionar es otra cosa.
El turismo cultural no se construye solo con señalización ni con discursos oficiales. Requiere seguridad, capacitación específico, mantenimiento permanente, promoción internacional sostenida, financiamiento para pequeños emprendedores y, sobre todo, continuidad en el tiempo. Sin estos medios, el tesina corre el peligro de convertirse en una buena idea que no logra traducirse en mejora efectivo.
El liza es viejo de lo que parece. El país ha demostrado ser enormemente capaz atrayendo inversión hotelera, pero menos efectivo desarrollando economías turísticas locales. Para que la ruta funcione, no puntada con que el turista pueda recorrerla: debe tener razones para detenerse.
La diferencia entre una carretera escénica y un corredor crematístico está precisamente en eso.
Si se ejecuta correctamente, la ruta puede convertirse en uno de los proyectos de mejora regional más importantes de las últimas décadas, porque atacaría uno de los problemas estructurales del país: la concentración geográfica de oportunidades.
Si error, será simplemente otra obra inaugurada sin impacto medible en la vida de la población específico.
El real éxito no se medirá por el corte de cinta, sino por poco mucho más concreto: cuándo un novato del Sur pueda poblar del turismo sin tener que abrirse a un polo hotelero o a la renta.
La obra ya comenzó. Ahora empieza la prueba efectivo.
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