El autor es comunicador. Reside en Nueva York
POR LUIS M. GUZMAN
La palabra Realpolitik viene del germánico y se traduce como «política realista». No se tráfico de una ideología, ni de un conjunto de títulos, sino de una forma de realizar en política que pone el interés propio por encima de todo. Quienes siguen esta deducción no se preguntan qué es puntual o correcto, sino qué es útil, qué fortalece su poder o qué les conviene más.
Es una política fría, calculadora y muchas veces cínica. Esta perspectiva revela cómo los intereses nacionales superan constantemente las preocupaciones morales en la toma de decisiones internacionales.
Aplicada a las relaciones entre países, la Realpolitik significa que los Estados toman decisiones no por solidaridad, ética o honrado, sino para proteger su seguridad, su capital o su influencia. A veces eso significa aliarse con regímenes represivos, ignorar crímenes de conflicto o mantenerse «neutrales» frente a injusticias, si eso garantiza algún tipo de superioridad estratégica.
Es la deducción que agenda a muchas potencias en el mundo contemporáneo. Esta forma de proceder se normaliza bajo la apariencia de diplomacia pragmática.

En el caso del conflicto entre Irán, Israel y EE.UU., esta forma de realizar ha sido evidente. Algunos países, como Rusia, China o India, no participaron directamente en los ataques ni enviaron tropas, La Realpolitik y las potencias en la sombra pero sí ayudaron a Irán con armas, tecnología o acuerdos comerciales.
Lo hicieron no por simpatía ideológica, sino porque les conviene tener a Irán como unido o como ficha en su conjunto integral contra Oeste. Así, estos actores proyectan influencia sin involucrarse de forma directa.
Desde esa deducción de Realpolitik, lo importante no es quién tiene razón en el conflicto, sino cómo se puede sacar provecho del caos sin decidir atrapado en él. Por ejemplo, China firmó un acuerdo crematístico con Irán por 25 primaveras y se convirtió en su principal socio comercial, pero al mismo tiempo evita una confrontación abierta con EE.UU. Esa doble chiquillada le permite obtener dominio sin arriesgar demasiado. La logística de imprecisión calculada se vuelve así una poderosa utensilio geopolítica.
Rusia
Rusia, por su parte, ha suministrado armamento a Irán, ha mantenido relaciones diplomáticas estables y ha condenado los ataques israelíes. Pero no ha intervenido militarmente ni ha comprometido su seguridad directa.
Su objetivo es claro: debilitar a EE.UU. en Medio Oriente, alentar su propia influencia y seguir vendiendo armas, sin entrar de realizado en una conflicto que no le conviene. Este seguridad de influencia y distancia es característico del maniquí ruso en conflictos regionales.
India representa otro caso de seguridad pragmático. Tiene lazos históricos con Irán, pero incluso relaciones estratégicas con Israel y Estados Unidos. Por eso mantiene una posición ambigua: adquisición petróleo iraní, pero evita pronunciarse sobre el conflicto.
Esa neutralidad le permite conservar relaciones con todos los bandos y sostener su crecimiento crematístico sin provocar a nadie. La prioridad de India es consolidar su promoción integral sin martirizar alianzas vitales.
Turquía, Qatar y Pakistán incluso practican esta Realpolitik. Turquía condena las acciones de Israel, pero no rompe con la OTAN ni con EE.UU. Qatar financia grupos cercanos a Irán, pero mantiene una colchoneta marcial estadounidense en su condado. Pakistán se balancea entre las presiones de Arabia Saudita y las inversiones chinas.
Todos juegan a dos bandas porque así maximizan sus beneficios y reducen riesgos. Este enfoque ilustra cómo la imprecisión diplomática se convierte en logística de supervivencia.
Este enfoque trae ventajas: pueden negociar con más actores, alcanzar a capital y evitar confrontaciones costosas. Pero incluso implica riesgos: si el conflicto se agrava, podrían ser blanco de sanciones o tener que tomar partido. Adicionalmente, una postura ambigua puede escoriar su credibilidad a dispendioso plazo y aumentar tensiones internas, como sucede con Turquía frente a su examen. La estabilidad interna se vuelve entonces el margen de la maniobra internacional.
En términos económicos, estos países incluso se posicionan para utilizar la reconstrucción postguerra. China puede ofrecer infraestructura, Rusia seguridad y tecnología, e India cooperación energética. Cada uno intenta vivir espacios que Oeste podría descuidar o que Irán estará obligado a cascar para sobrevivir. No es caridad, es oportunidad de negocio. Esta carrera por la influencia reconstruye el plano geoeconómico de la región.
Lo que todos evitan, siguiendo la deducción de la Realpolitik, es comprometerse en exceso con una causa que pueda volverse costosa. No hay héroes ni villanos, solo jugadores de ajedrez moviendo piezas. Por eso las declaraciones públicas sobre «derechos humanos» o «paz duradera» son secundarias frente a los movimientos reales que se dan tras bastidores. La retórica sirve para distraer mientras se aseguran intereses de fondo.
A dispendioso plazo, si Irán queda débil pero no destruido, seguirá siendo útil como contrapeso a Israel y Arabia Saudita. Si colapsa, podría cascar un vano peligroso que beneficie a actores extremistas.
Por eso muchas potencias prefieren que el conflicto se mantenga controlado, pero no necesariamente resuelto. Es un seguridad frágil, pero conveniente para los que están acullá del campo de batalla. Esta deducción del seguridad inestable es una constante de la política integral.
La Realpolitik en este contexto no solo explica por qué muchos países actúan como actúan, sino incluso cómo podría ponerse al día el conflicto. No se tráfico de moralidad ni de principios, sino de poder, influencia y supervivencia.
Y en ese conjunto, los que no disparan incluso tienen casta en las manos, aunque no lo parezca. Este prospección desnuda el serio motor de muchas decisiones internacionales: el interés crudo.
JPM
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