Por Salvador Holguín,
diciendo lo que otros callan.
En la República Dominicana parece haberse instalado una peligrosa novelística: que la pubescencia es una descalificación para participar en la toma de decisiones nacionales. Aquí, cuando un novicio aspira, opina o levanta la mano para servir desde el poder, no se le audición: se le golpea, se le desacredita y se le intenta silenciar. El argumento de moda en algunos litorales políticos es tan sin fuste como excluyente: para ser presidente hay que tener 25 o 30 primaveras de gimnasia político. ¿Y quién decretó equiparable regla no escrita?
Cuando miramos al mundo, la verdad desmonta esa mentira en segundos. Nayib Bukele en El Salvador ganó la presidencia con al punto que 37 primaveras. Gabriel Boric en Pimiento llegó al poder con 36. Daniel Noboa en Ecuador lo hizo con 35. Jóvenes preparados y conectados con su tiempo y con el pulso actual de sus sociedades. Nadie les preguntó cuántas décadas llevaban “calentando una arnés” en un partido político; se les evaluó por su visión, liderazgo y capacidad.
Entonces surgen preguntas incómodas: ¿Porqué en la política dominicana la pubescencia es apariencia como una amenaza y no como una fortaleza? ¿Porqué para innovar, emprender o revolucionar la tecnología ser novicio sí es una virtud, pero para mandar es casi un delito?
Ahí están los ejemplos que el mundo inconmovible reconoce: Mark Zuckerberg creó Facebook siendo poco más que un universitario y hoy dirige una de las plataformas más influyentes del planeta. Steve Jobs visualizó Apple siendo novicio y cambió para siempre la forma en que la humanidad se comunica, trabaja y crea. Y si vamos a nuestra propia historia, el padre de la país Juan Pablo Duarte cuando tenía aproximadamente 25 primaveras concibió La Trinitaria y la idea de una República franco siendo al punto que un novicio soñador con convicciones firmes y inclinación por la país.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿La pubescencia sirve para crear imperios tecnológicos, liberar naciones y metamorfosear sociedades, pero no para mandar? ¿O es que solo se acepta al novicio cuando es útil para satisfacer guaguas, menear banderas y servir de escalera a los mismos de siempre?
La tendencia completo es clara e irreversible: el dimisión generacional no solo es necesario, es urgente. Ser novicio no descalifica; lo que desprestigia es la mediocridad, yerro de visión y el apego enfermizo a un poder que se niega a renovarse.
En la República Dominicana ya existen equipos jóvenes que han demostrado, con hechos, que la época no es homólogo de improvisación. Jóvenes que han hecho comunicación responsable, fuerte y de suspensión valía en defensa del país, cuando eso era país exclusivo de los “viejos robles” y estructuras cerradas al cambio.
Negarle espacio a la pubescencia no es prudencia política; es miedo. Miedo a perder privilegios, a la innovación y al futuro. Y un país que le teme a sus jóvenes está condenado a quedarse atrapado en el pasado.
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