EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.
Símil: figura retórica que compara acciones compuestas. Homero lo usó para contar batallas; Vincho, para denunciar traiciones. Hoy, en presencia de la sombra de una reforma fiscal recomendada por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el símil vuelve a ser útil de advertencia.
En 2006, el doctor Marino Vinicio Castillo (Vincho), escribió: “Desde su destierro médico”; un artículo que combinaba denuncia política y memoria histórica. Desde la distancia, comparó la imposición de Danilo Medina como candidato del PLD con el medra de Carlos Andrés Pérez en Venezuela, y advirtió que las recetas del FMI podrían provocar un estallido social como el “Caracazo” de 1989.
Hoy, casi veinticinco abriles a posteriori, el FMI vuelve a sugerir ajustes fiscales para República Dominicana: reducción de subsidios, ampliación de la pulvínulo tributaria y anciano eficiencia del consumición divulgado. El gobierno enfrenta una “esforzado restricción presupuestaria” y admite que se evalúa una reforma tributaria “social y políticamente viable”. Pero ¿qué significa “viable” cuando la desigualdad persiste y la informalidad domina?
Como en el símil de Vincho, el peligro no está solo en la medida fiscal, sino en el contexto: una población débil, dependiente de ayudas estatales, expuesta a rumores y manipulaciones. En 2006, Vincho denunció el uso del miedo tecnológico para condicionar el voto de los beneficiarios de bonos. Hoy, el temor podría venir por otro flanco: la pérdida de subsidios, el aumento de impuestos indirectos, la deterioro del poder adquisitivo.

¿Estamos en presencia de un nuevo ciclo de imposición fiscal sin consenso social? ¿Podría una reforma mal diseñada provocar un “resentimiento colectivo de repudio profundo”, como advirtió Vincho? El FMI insiste en que los ajustes deben proteger a los más vulnerables. Pero la historia enseña que cuando las reformas se perciben como injustas, el pueblo alega con furia.
Como en el símil de Vincho, el peligro no está solo en la medida fiscal, sino en el contexto: una población débil, dependiente de ayudas estatales, expuesta a rumores y manipulaciones. En 2006, Vincho denunció el uso del miedo tecnológico para condicionar el voto de los beneficiarios de bonos.
Hoy, el temor podría venir por otro flanco: la pérdida de subsidios, el aumento de impuestos indirectos, la deterioro del poder adquisitivo.
Ya lo vivimos en abril de 1984, cuando el gobierno de Salvador Jorge Blanco, siguiendo recomendaciones del FMI, aplicó un paquete de medidas que incluyó aumentos en los precios de los alimentos básicos y combustibles. El resultado fue una revuelta popular que dejó decenas de muertos y marcó un antaño y un a posteriori en la relación entre política económica y estabilidad social. La aviso fue clara: las reformas fiscales sin consenso ni protección social pueden encender la mecha del estallido.
¿Estamos en presencia de un nuevo ciclo de imposición fiscal sin diálogo?
¿Podría una reforma mal diseñada provocar un “resentimiento colectivo de repudio profundo”, como advirtió Vincho? El FMI insiste en que los ajustes deben proteger a los más vulnerables. Pero la historia enseña que cuando las reformas se perciben como injustas, el pueblo alega con furia.
La pregunta final sigue vivo: ¿respiraba Vincho por la herida o por la historia? Hoy, más que nunca, necesitamos símiles que iluminen, no que dividan. Porque si el destierro médico de Vincho fue una metáfora de retiro ponderado, el destierro fiscal que se avecina podría ser el destierro de la paz social. Entonces: ¿Estamos frente a un posible caracazo?
JPM
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