El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.
Por CARLOS SALCEDO
Musitar de paz mundial es balbucir de un añoso sueño de la humanidad. Desde Kant, con su célebre Esquema de paz perpetua en 1795, hasta la creación de la ONU en 1945 o el Premio Nobel de la Paz, como estímulo al esfuerzo individual y colectivo contra la barbarie, todo indica que el hombre ha querido domar la lucha. Pero la efectividad nos recuerda, cada día, que ese ideal tropieza con un mundo donde los conflictos siguen siendo parte estructural del sistema internacional.
Ucrania y Rusia, Lazada e Israel, Palestina, Sudán o el Sahel son hoy escenarios donde se libra la gran disputa entre poder y derecho, entre hegemonía y multipolaridad. La pregunta es irremediable: ¿es posible la paz mundial o debemos resignarnos a una compañía racional del conflicto?
Ucrania: el corazón de la geopolítica contemporáneo
La invasión rusa de Ucrania en 2022 marcó un punto de inflexión. Para Moscú, se proxenetismo de reafirmar su esfera de influencia frente a la OTAN. Para Estados Unidos y Europa, de proteger la soberanía ucraniana y defender un orden internacional basado en reglas. Kissinger advirtió en su manual Liderazgo que el peligro longevo no es la derrota de uno u otro, sino la cristalización de un compensación inestable, donde nadie anhelo de forma decisiva y todos pierden en desgaste.
La paz negociada dependería de tres variables: la disposición de Rusia a aceptar límites, la capacidad de Ucrania de resistir indefinidamente y el compromiso de Oeste de sostener su apoyo. Ninguna de esas condiciones luce firme hoy, por lo que prever un desenlace rápido resulta ilusorio.
El patrón de la violencia
Lo que ocurre en Ucrania no es accidental. El conflicto en Medio Oriente y las guerras africanas demuestran que la violencia alega a múltiples causas: ambiciones territoriales, identidades en pugna, intereses económicos y Estados debilitados. Clausewitz no pierde vigencia: la lucha sigue siendo la política por otros medios.
Estados Unidos, China y Rusia: la triada decisiva
Estados Unidos conserva su rol de potencia indispensable. Su red de alianzas y su poderío marcial lo colocan en el centro de toda decisión, aunque su polarización interna le resta beneficio de maniobra.
China, por su parte, juega al compensación: se proyecta como mediador, como demostró en la reconciliación entre Irán y Arabia Saudita, pero nunca abandona su alianza estratégica con Rusia. Moscú, finalmente, es el gran contrasentido: desestabiliza el orden independiente, pero sin ella no hay arreglo general posible.
Lo posible: una paz relativa
Aceptar la efectividad significa entender que la paz mundial, como abandono total de guerras, no es alcanzable en el corto plazo. Lo que sí es posible es una paz relativa: contener los conflictos, evitar su subida, dirigir la rivalidad entre potencias. Como señaló Morgenthau, el arte de la política internacional no está en eliminar el conflicto, sino en gestionarlo.
En conclusión
La paz mundial no es un destino final, es un proceso frágil y siempre en disputa. Las guerras nos recuerdan que la deducción del poder sigue marcando el ritmo de la historia, pero la interdependencia económica, el peligro nuclear y el desafío climático obligan a Estados Unidos, China y Rusia a entender que sin cooperación no hay supervivencia.
Quizás el siglo XXI no nos ofrezca la paz absoluta que soñó Kant, pero sí puede darnos una paz suficiente para que la humanidad no se destruya a sí misma. Esa, al menos, es la paz posible.
Jpm-am
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