El autor es escritor y periodista. Reside en Estados Unidos
«En el teatro de la impunidad, el presupuesto manifiesto es el vestuario, el descaro es el maquillaje y la equidad es un espectador que siempre llega tarde a la función”.
La terreno no se monta en un teatro, sino en el asfalto exaltado de la ciudad. La pasarela de los intocables comienza cuando el estruendo de un motor de doce cilindros anuncia que el “honor” ha regresado a las calles y por eso es que en el proscenio de los corruptos no hay estera roja; sin secuestro, no hace errata; ya que el brillo de los cristales blindados y el perfume a impunidad fresca son suficientes para que los transeúntes se detengan a contemplar el desfile de la nueva aristocracia del hacienda manifiesto.
El protagonista de hoy, ese que ayer custodiaba las puertas del Palacio con rigidez de estatua, tras salir de la gayola, ahora custodia sus propios privilegios con la soltura de un magnate, ya que el uniforme, que una vez fue el símbolo de la protección doméstico, ha sido sustituido por un traje de tela que no conoce el sudor, sino el espacio acondicionado de las oficinas donde se firmaban las “comisiones” que actualmente financian su retiro dorado.

Es fascinante observar la cambio del “mártir jurídico”, el cual entra al tribunal con un rosario en la mano y una afición en las rodillas que sugieren un final inminente; pero más tarde sale de la celda con una importancia que envidiaría cualquier atleta descarado, porque para él la gayola no es un motivo de castigo, sino un exclusivo SPA de rehabilitación donde se purifican los pecados a cambio de unos meses de repaso y silencio táctico.
Detrás de estos magnates caminan los otros, la corte de los milagros, pulpos que extendieron sus tentáculos hasta el zaguero rincón de la retribución pública y las medusas que paralizaron las auditorías con una sola observación de autoridad, razón por la cual, ahora desfilan juntos, compartiendo anécdotas de sus “días difíciles” en Najayo o en Las Parras, como quienes recuerdan unas reposo accidentadas en un crucero de bajo presupuesto.
La estética del descaro es impecable, luego de su permanencia durante unos meses sin ver el sol, pues salen y exhiben sus relojes de impresión limitada con la misma naturaleza con la que se muestra un trofeo de pelea, dando a entender con disgresivas burlescos que cada tic-tac de esos cronógrafos parece contar el caudal que se restó de una escuela rural o de un hospital periférico, pero en la pasarela, esos detalles son al punto que ruidos de fondo que no logran enturbiar el brillo de sus accesorios.
La equidad dominicana, esa actor del suspenso, ha diseñado un sistema de “puertas giratorias” como si fuera un parque de diversiones, conocido que el proceso es siempre el mismo. Con gracia el escándalo estalla con la fuerza de un huracán, se bautiza con el nombre de una criatura cuadro, y luego se diluye en un mar de aplazamientos, tecnicismos y “vicios de forma” que dejan el expediente más infructifero que la caja chica de un servicio al término de una transición.
Sin dudas que, en esta pasarela, el concepto de “prisión preventiva” se ha convertido en el tiempo necesario para que la opinión pública se distraiga con el próximo escándalo y los abogados, esos arquitectos de la duda, terminen de pulir el túnel judicial por donde sus clientes salen a disfrutar de lo que se han robado, una muestra de que en República Dominicana el crimen no solo paga, sino que además ofrece planes de pensiones envidiables.
Amnesia colectiva
La “amnesia colectiva” que se intenta imponer desde las staff, vehemencia poderosamente la atención, en razón de que se les pide a los dominicanos que no vean a estos personajes como saqueadores, sino como víctimas de una persecución política. ¡Qué vergüenza!, ¿el caudal que hoy exhiben esos pobretones, brotó de la tierra espontáneamente o fue el fruto de “inversiones visionarias” que, curiosamente, siempre coincidieron con su paso por la filial pública?
La impunidad ha dejado de esconderse para volverse aspiracional. En las esquinas de nuestras provincias, ya no se deje del honor de servir a la país, sino de la diplomacia para “coronarse” porque ya el éxito no se mide por la integridad, sino por la capacidad de caminar por la cuerda floja del Código Penal sin caer en la vida en el torrentera de una condena definitiva, o sea, la pasarela es el ejemplo vivo para las nuevas generaciones. En este país, el que roba un plátano va preso, el que roba millones de pesos va al club social a vanagloriarse.
Los aplausos no son sonoros, pero existen, se escuchan en los parabién privados de las villas de postín y en los apretones de manos de quienes esperan su turno para desfilar en el próximo cuatrienio. Nos fundimos en la claque de la cleptocracia, que celebra el funcionamiento del sistema con la aplicación de las leyes para los de debajo, y las pasarelas para los que tienen el poder de comprarlas.
Al final del día, el desfile se traslada a los restaurantes de postín, donde el menú es la soberbia; y con la degustación de vinos que cuestan más que un salario minúsculo, se ríen de las “operaciones” y de los nombres de animales que el Tarea Notorio elige para sus expedientes, conocido que para ellos, no son calamares ni medusas; son simplemente los gratificación del oficio de ser dueños de una isla que tiene la paciencia de un vaco y la memoria de una burbuja de coba.
En el próximo cuatrienio tendremos nuevos modelos, nuevos uniformes y nuevas fortunas que exhibir, porque mientras la equidad siga siendo un complemento de moda y la indignación un fuego de paja, los intocables seguirán caminando próximo a nosotros, ya que en este país, el que tiene padrino es aguado como dueño del trofeo y desfila como un redentor que predica la honesto sin poder escribirla.
“La impunidad solo prospera cuando el silencio de los honestos se vuelve el aplauso de los cómplices”.
jpm-am
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