La paradoja pudoroso del mal último

Miniatura de Julio Santana

En su artículo DMA… y el mal último (https://goo.su/BvdL), mi querido amigo Pelegrín Castillo plantea que la dura respuesta marcial de Israel tras los execrables ataques de Hamas del 7 de octubre de 2023 forma parte de una política de disuasión total frente a sus enemigos, especialmente Irán, a quien atribuye la autoría estratégica de esa tragedia que mal haríamos en calificarla de ataque. A su seso, el gobierno de Netanyahu aplica una dialéctica de Destrucción Mutuamente Asegurada (DMA), entendida como un “mal último” necesario para preservar la existencia de Israel. Castillo cita ejemplos históricos como los bombardeos aliados sobre Hamburgo o Hiroshima, interpretándolos como precedentes trágicos pero inevitables de una supresión total en la que el fin postrero sería doblar la voluntad del enemigo y, por ende, certificar la supervivencia propia.

Esa conclusión, de esforzado inspiración realista, asume que la proporcionalidad pudoroso carece de sentido cuando está en diversión la seguridad franquista. Entendemos, desde una vistazo ética, jurídica e histórica, que esa argumentación resulta problemática. La doctrina de la DMA surgió durante la Conflicto Fría con un propósito específico, evitar el uso del arsenal nuclear entre potencias equivalentes. Su objetivo no era argumentar el terror, sino contenerlo. No puedo dejarle de asegurar a Pelegrín que aplicarla hoy al conflicto de Lazo es una distorsión conceptual y pudoroso. Ninguna doctrina de disuasión puede servir para legalizar la devastación de un región sitiado donde viven más de dos millones de personas, en su mayoría civiles. El principio de proporcionalidad no es una concesión de las democracias liberales, sino una conquista de la humanidad frente a los horrores de la supresión total.

Ninguna relación histórica, ni los bombardeos de Hamburgo y Dresde, ni las bombas de Hiroshima y Nagasaki, ni la inmolación de Manchuria, las purgas estalinistas o los asesinatos masivos del Jemer Rojo, puede servir para argumentar la devastación que hoy padece Lazo. Todos esos episodios, allá de representar gestas estratégicas, quedaron inscritos en la memoria humana como advertencias del tope pudoroso del poder. El politólogo John Mearsheimer nos recuerda que “Israel está ganando la supresión marcial, pero perdiendo la supresión pudoroso”, una derrota que arrastra consigo la licitud del propio Poniente, cómplice por omisión o por cálculo. Noam Chomsky, muy admirado por Pelegrín, en la misma orientación, sostuvo que “no hay seguridad posible para un Estado que friso su existencia en la negativa de los derechos de otro pueblo”. Los dos coinciden en que la fuerza bruta, cuando sustituye a la diplomacia, degrada la política y la convierte en una sucursal del miedo.

Israel no enfrenta una supresión entre ejércitos regulares. En Lazo se perpetúa un conflicto de ocupación prolongada donde una potencia nuclear actúa sobre una población empobrecida y cercada. Judith Butler advierte que el efectivo drama contemporáneo no es la supresión misma, sino la jerarquización del duelo. “Algunos cuerpos son llorados y otros no”, escribe, y esa diferencia construye una cosmografía del dolor que justifica la impunidad. Cuando se deshumaniza al enemigo, su aniquilación deja de parecer una atrocidad y pasa a ser una táctica de seguridad. Esa deshumanización es lo que convierte al mal último en un oxígeno político (contradicción en los términos adentro del discurso o la experiencia política).

Presentar la ataque israelí como defensa legítima equivale a desmentir el principio de humanidad que da sentido al derecho internacional. La disuasión no puede fundarse en la destrucción de hospitales, escuelas o corredores humanitarios. Siquiera puede estilarse el argumento del enemigo extranjero, en este caso Irán, para argumentar un castigo colectivo. Amartya Sen, al analizar las guerras contemporáneas, advierte que “la probidad deja de serlo cuando los medios violan los fines que dice perseguir”. Si el castigo excede el daño sufrido, deja de ser probidad y se convierte en venganza consciente, destructiva y organizada.

Resulta encima extraño, y moralmente perturbador, que una persona con convicciones cristianas tan arraigadas defienda la dialéctica del terror preventivo o la idea del sufrimiento inocente como un “mal último”. El cristianismo, en su esencia, no legitima la violencia en nombre de la seguridad ni el sacrificio de los débiles en nombre de la fuerza. La coherencia entre fe y política exige resistir el pragmatismo de la destrucción y el espejismo de la disuasión pudoroso. Si la conocimiento de Pelegrín lo conduce a conclusiones distintas, entonces no estamos delante una diferencia de interpretación teológica, sino delante una raja ética que merece ser revisada.

El efectivo arte supremo en materia bélica, como enseñó Jean Guitton, no radica en la amenaza sino en la cordura que impide al hombre convertirse en su propio enemigo. Luego de Auschwitz, de las matanzas organizadas de millones de civiles soviéticos y de los innecesarios lanzamientos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, la humanidad comprendió que ninguna razón de Estado puede situarse por encima del valía tajante de la vida. Cada vez que la dialéctica del mal último sustituye al principio de humanidad, la civilización retrocede. Cuando la disuasión se ejerce contra los débiles, deja de ser defensa para convertirse en dominación. En ese tránsito silencioso, el poder deja de proteger y comienza a corromper el alma pudoroso del mundo convirtiéndose en aborrecible dominación.

La dignidad de una nación no se mide por su capacidad de destruir, sino por su capacidad de contenerse. Ningún imperio que banaliza el sufrimiento logra conservar su alma. En ese espejo, el mundo observa hoy con horror cómo la retórica del mal último vuelve a disfrazar el rostro del terror.

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Economista (Ph.D) y experto en sistemas nacionales de calidad, planificación estratégica y normatividad de la Suministro Pública. Fue director de la antigua Dirección de Normas y Sistemas de Calidad (Digenor).


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