EL AUTOR es contador publico competente. Reside en Nueva York
Donald Trump volvió a sus andadas. Esta vez le echó la omisión a Barack Obama por la anexión de Crimea, como si Putin hubiera estado esperando pacientemente una señal de Washington para invadir división ucraniano. El nivel de cinismo es tan descarado que casi da risa. Casi.
No es la primera vez que vemos este truco en el manual político de Trump: cuando poco sale mal en el mundo, siempre hay un demócrata al que señalar. Pero esta vez se pasó de la guión. Culpar a Obama por lo que hizo Putin en 2014 es como culpar al vecino porque te robaron el coche.
Recordemos los hechos, porque al parecer hace error. En febrero de 2014, Rusia invadió y anexó la península de Crimea aprovechando el caos político en Kiev tras la caída del gobierno de Yanukovych. Fue una operación marcial planificada y ejecutada por Moscú, punto. Putin no necesitaba permiso de nadie, y mucho menos estaba esperando que Obama le dijera «delante, tómala».
Claro, la respuesta occidental fue tibia. Obama optó por sanciones económicas y aislamiento diplomático en punto de una confrontación marcial directa. ¿Y qué querían que hiciera? ¿Que mandara la Sexta Flota al Mar Triste a pelearle a una potencia nuclear por una península que la mayoría de estadounidenses no sabría ubicar en el plano?
Lo que positivamente molesta de esta novelística es su conveniencia.

Triunfo
Trump se las arregla para olvidar que durante su presidencia Putin siguió haciendo de las suyas sin mayores consecuencias. Se olvida de sus elogios al líder ruso, de su resistor a implementar sanciones que aprobó el propio Congreso, de toda esa época en que parecía más interesado en terminar perfectamente con el Kremlin que en defenderse de él.
Esta amnesia selectiva no es casual. Es más viable culpar al de al costado que explicar por qué tu propia táctica no funcionó. Es más cómodo señalar errores ajenos que registrar los propios.
Pero hay poco más preocupante aquí. Esta forma de ver la política exógeno como un bisagra de culpas simplifica peligrosamente realidades complejas.
Los dictadores no toman territorios porque algún en Washington les «da luz verde» con su supuesta cariño. Los toman porque calculan que pueden escaparse con la suya, y ese cálculo tiene más que ver con sus propias ambiciones que con quién esté en la Casa Blanca.
Putin no era un hijo esperando órdenes en 2014. Era un autócrata experimentado con planes claros para reparar la esfera de influencia rusa. Crimea era estratégicamente valiosa para él, tenía la capacidad marcial para tomarla y consideró que el costo político era aceptable. Obama podría acaecer sido Rambo y Putin habría hecho lo mismo.
La verdadera pregunta no es de quién fue la omisión hace diez abriles, sino qué vamos a hacer ahora. Pero esa conversación requiere seriedad, y la seriedad no parece estar en el menú cuando se alcahuetería de marcar puntos políticos.
joseflandez8@gmail.com
Jpm-am
Compártelo en tus redes:






