Por Luis Ruiz
Al observar el artículo de Abril Peña, titulado ¿Quién educa a quién?, publicado en El Pregonero, me vi interpelado por las preguntas que formula, motivadas por la pérdida de la recatado y la conciencia cívica entre jóvenes que, desde los centros educativos, entonan lo que llaman música urbana. En ella, con jerga patente, describen actos sexuales —felaciones, “tortilleos”, encuentros grupales que los graban en videos y los suben a la Red, como si se tratara de un simple recreo escolar. Esa decorado me impulsó a escribir estas líneas.
La degradación invisible
La decadencia de una nación no siempre se anuncia con el colapso de sus instituciones. A menudo comienza en lo imperceptible: en la deterioro silenciosa de los principios que sostienen la dignidad colectiva. Así como en el cuerpo humano la degeneración psíquica y recatado altera las reacciones nerviosas, además en la vida franquista el estropicio ético corroe lentamente su estructura social.
El jerga como representación
El modernismo comunicacional, impulsado por el mal uso de las redes sociales, ha comenzado a desfigurar el idioma gachupin que históricamente nos ha unido. En España coexisten varios dialectos —castellano, valenciano, catalán, gallego— pero aquí, lo que se descompone no es la riqueza filología, sino la coherencia recatado del discurso.
Un nuevo formato de comunicar
Las redes sociales han instaurado un nuevo estilo de comunicación, especialmente entre movimientos estudiantiles. A través de sus plataformas, se difunden mensajes codificados que solo comprenden quienes pertenecen al mismo género emisor. Esta forma de comunicar, cada vez más aceptada, ha normalizado el uso de un jerga soez entre la engendramiento Z, y con él, una novelística que acusa a la nación de racismo y chovinismo sin matices ni contexto.
La ética como tejido social
Los principios éticos no son ornamentos filosóficos: son el tejido conectivo de la convivencia. Cuando se rompen, no solo se degrada el individuo, sino la edificio recatado de la nación. La corrupción deja de ser delito y se convierte en logística. El poder deja de ser servicio y se transforma en trofeo.
La verdad deja de ser valía y se convierte en obstáculo.
La degeneración recatado es, en esencia, una enfermedad autoinmune: el cuerpo social comienza a atacarse a sí mismo, confundiendo el interés personal con el perfectamente global, la impunidad con la astucia, el cinismo con la sazón.
El precio del silencio
Cada vez que callamos frente a una injusticia, cada vez que justificamos lo injustificable, contribuimos a la deterioro de nuestra identidad ética. No se prostitución de echar en falta un pasado idealizado, sino de indagar que sin principios, ninguna nación resiste el embestida de la manipulación, la invasión simbólica o el chantaje internacional.
La historia nos enseña que los pueblos que pierden su brújula recatado terminan gobernados por quienes no distinguen entre poder y violencia, entre ley y conveniencia.
¿Qué hacer?
No hilván con lamentarse. La regeneración recatado exige una pedagogía del coraje: educar en la ética, practicar la coherencia, denunciar sin odio pero sin anfibología. Requiere líderes que no solo hablen de títulos, sino que los encarnen. Ciudadanos que no solo exijan ecuanimidad, sino que la practiquen en lo común.
Porque si la nación se degrada, no es por lo que entra desde fuera, sino por lo que dejamos de defender desde en el interior.







