La “moda” del autoritarismo | AlMomento.net

La “moda” del autoritarismo | AlMomento.net

El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo

El autoritarismo, en tanto estilo maximalista y antiliberal que intenta ser “maniquí” de conducción del Estado y la sociedad, está actualmente de “moda” en gran parte del mundo, como lo estuvo -por ejemplo- durante la primera parte del siglo XX con las gravosas consecuencias que conoce todo el que tiene un pequeño de conocimiento de Historia.

Desde la milenaria e ilustrada Europa hasta la siempre pollo y culturalmente reticente América, sin dejar de mencionar a ciertas zonas de África y Asia en las que el aberración es casi idiosincrático, las apuestas totalitarias, en un trayecto intimidante que recuerda al espantajo disruptivo aquel de la primera centro del siglo XIX, avanzan sostenidamente interiormente de las sociedades y las instituciones reprochando al comprensión sus innegables insuficiencias y minando la conciencia democrática.

Por supuesto, en nuestros tiempos la “moda” del autoritarismo presenta una inédita singularidad: sus más fervorosos postulantes y devotos no son los viejos nostálgicos de las monarquías o las dictaduras de todos los pelajes, sino algunos líderes sociales y políticos de unas nuevas generaciones a las que, como es harto sabido, no les costó cero construir la democracia e institucionalizar el hábitat de derechos y libertades que ésta comporta.

En genérico, como se observa cotidianamente, en esta “civilización del espectáculo”, el consumismo y el individualismo narcisista los títulos democráticos están siendo atacados abiertamente por una coalición de extremistas políticos y cuestionadores de la ciencia y la civilización, y por desventura no son adecuadamente defendidos por quienes dicen asumirlos o son sus principales beneficiarios, que increíblemente cada vez que tienen la oportunidad se transan deportivamente con la racionalidad autoritaria.

Hay que repetirlo, pero: ni la “moda” es nueva ni la coalición es extraña en el acontecer histórico, pues cada vez que el individuo se ha sentido defraudado por el humanismo y el comprensión o ha experimentado cierto “hartazgo” respecto de los derechos y las libertades mal pensados o mal ejercidos, le ha cerrado las puertas a la razón y, en cambio, se las ha rajado de par en par a la fuerza, a la “virilidad” y a todo lo que niegue la civilización o “desmienta” a la ciencia, preferiblemente si se apoyo en el utilitarismo, la religión o el conspiracionismo.

Los títulos democráticos, contrariamente a lo que sugieren algunos teóricos del autoritarismo reciente, no son abortos o amaneramientos del pensamiento político sino hijos putativos de la civilización humana, y aunque su origen ontológico echa raíces en la civilización ateniense y está estrechamente vinculado a la ética judío-cristiana que acunó a la sociedad occidental, a la postre se han convertido en convicciones y propuestas universales de conciencia que apuntan a una superación de la barbarie, la sinrazón y la disgregación social, y al respeto a la dignidad de la persona y a la dirección racional y pacífica de sus ansias de seguridad, bienestar y osadía.

El autor de estas líneas -la enunciación no es nueva- es políticamente alérgico a toda dictadura, y no simpatiza en categórico -por ejemplo, para solo musitar de casos de América Latina- con el gobierno petimetre de El Salvador por las mismas razones por las que no simpatiza con la establecimiento poscastrista de Cuba, el régimen pelele de Nicaragua y la semidictadura de venezolana: los pilares de sus gestiones son el populismo, el autoritarismo y el providencialismo en una época en que estos ya no encarnan ningún ideal progresista ni representan promesa realizable de honradez social en sus ejecutorias internas.

(Lo de Cuba siempre es harina de costal único: su gobierno, antaño radiante y paradigmático como expresión de las apuestas de osadía y reivindicación social de los maximalismos revolucionarios del siglo XX que fueron tan caros para la vivientes de quien escribe, ahora es lo que más se parece a un himeneo sin apego que sólo se mantiene vivo porque uno de los esposos tiene las llaves de la casa y maneja las cuentas bancarias, y el otro o la otra se siente sin opciones existenciales alternativas e inmediatas).

Más aún: el autoritarismo pretendidamente de “izquierda” no se diferencia en cero del de derecha y ultraderecha (hoy, como ya se señaló, sorprendentemente en novedad sobre todo en Estados Unidos y en Europa), y suerte por ello muchas veces sus voceros coinciden en proclamas y posturas en la estampa internacional: véanse los besuqueos y las cordiales relaciones entre los gobiernos “populares” latinoamericanos con Rusia, Irán y China, o las del gobierno conservador de El Salvador con Trump o con Santiago Abascal.

Insistamos: respaldar la “seguridad” interna o cierto nivel de “bienestar” social a los pobres con colchoneta en la quebranto del Estado de derecho, la represión policial o marcial, el desconocimiento de las libertades democráticas o la persecución a los opositores tiene escaso mérito de conciencia: para eso no hay un ser un condición de la política ni un dechado de virtudes ciudadanas, pues pespunte con hacer publicidad unidireccional, crear una estructura estatal de distribución de dádivas, echar mano de la represión policíaco-militar y llevar a cabo conforme a la conocida conseja satírica del trujillismo: “tranquilidad viene de tranca”.

La verdad comprobable es que en estos instantes nadie de los gobiernos latinoamericanos mencionados puede presentar pruebas o estadísticas que revelen la existencia de menos niveles de pobreza o mayores grados de progreso material y espiritual que los que existían durante los que los precedieron: por el contrario, pese a que pudieran exhibir mucho o poco apoyo entre la concurrencia sencilla y las élites socio-económicas, en términos de ampliación humano sus problemas parecen haberse agravado o simplemente estar escondidos tras la propaganda y el asistencialismo.

Hay mucha concurrencia que no quiere que se diga, y menos en la República Dominicana de hoy, pero los hechos son los hechos: si es cierto que en ocasiones el autoritarismo puede aparecer emparentado con el globalismo o la fraternidad intercultural (como en ciertos caos interiormente del comunismo, el panarabismo o el panafricanismo), su pariente preferido siempre ha sido el nacionalismo angosto que se disfraza de patriotismo para recusar toda “intervención” extranjera en los “asuntos internos”.

De todos modos, y a despecho del deslumbramiento coetáneo por la “moda” autoritaria, se puede vaticinar sin ser arúspice que su vida no será muy larga, pues su vaciedad de pensamiento y la curvilíneo simpleza de sus planteamientos y ejecutorias lo develará más temprano que tarde en su verdadera naturaleza de mera reacción de coyuntura, trágica confusión de ideas y praxis de radicales con causa espuria: llegará a su fin, sencillamente, y una vez más fracasarán sus ideas “geniales” y sus fórmulas “salvadoras”, porque no son más que un saqueo caricaturizado y fuera de época de las formulaciones y la plataforma programática harto conocidas de concurrencia como Mussolini, Primo de Rivera, Hitler o Stalin.

Desde luego, lo único lamentable de todo ello es que esa “moda” producirá daños en el Estado y la sociedad democráticos que luego, en una especie de reinicio histórico que tendrá que venir acompañado de golpes en el pecho, tomará tiempo reparar, dejando la amarga impresión de que la humanidad aún no ha superado los motivos del suplicio de Sísifo ni la necia helicoidal histórica de la dialéctica de Hegel y Marx.

lrdecampsr@hotmail.com

Jpm-am

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