EL AUTOR es contador publico calificado. Reside en Nueva York
Durante abriles, nos repitieron, y muchos lo creyeron, que Cuba era una potencia médica. Que su sistema de salubridad era gratis, universal y de calidad. Que sus médicos eran héroes desinteresados, portadores de solidaridad, capaces de venir a los rincones más remotos del mundo para redimir vidas. Y sí, poco de eso hubo. Pero asimismo hubo mucho de propaganda… muchísimo.
La ingenuidad que viven millones en Cuba, dista mucho del discurso oficial. Hay hospitales que se caen a pedazos, médicos que no tienen ni lo más nuclear para trabajar, pacientes que deben comprar todo, desde una jeringa hasta una pastilla de acetaminofén, por la izquierda, si es que lo consiguen.
La salubridad es gratuita, sí. Pero ¿de qué sirve una consulta injustificado si no hay medicamentos ni condiciones mínimas para atender una emergencia?
Lo vivió Yanelis, principio de un inmaduro asmático en Cienfuegos. Durante un ataque respiratorio, recorrió tres centros de salubridad buscando un nebulizador que funcionara. En uno no había electricidad, en otro faltaban las medicinas, y en el tercero simplemente no había personal de cuidado. “Tuve que valer a casa de una vecina que tiene uno antiguo, de los rusos”, contó entre lágrimas. “Si no fuera por ella, yo no sé qué habría pasado.”
Angustia
Ese tipo de angustia es popular en Cuba. Y, sin retención, fuera se sigue hablando del sistema de salubridad como un maniquí ejemplar. La razón es simple: el régimen cubano ha sabido capitalizar esa novelística. Ha utilizado a sus médicos como embajadores del socialismo y, al mismo tiempo, como una fuente crucial de ingresos.
Las misiones médicas, aunque presentadas como gestos de desprendimiento internacional, le han generado miles de millones de dólares al Estado, mientras los profesionales que las realizan reciben sólo una fracción de lo que paga el país hospedador. Muchos trabajan bajo vigilancia, con contratos que restringen sus libertades, sabiendo que su grupo quedó en la isla como aval.
Encima, las cifras que tanto se enarbolan, como la desvaloración mortalidad pueril o la esperanza de vida, no son inmunes al maquillaje. Algunos estudios y testimonios apuntan a interrupciones médicas de embarazos de suspensión peligro para evitar que afecten los indicadores. En otras palabras: se priorizan los números antaño que las personas.
Pero ausencia de esto suele aparecer en los titulares internacionales. Quizás por desinformación, por simpatía ideológica, o simplemente porque cuestionar el mito de la medicina cubana incomoda.
Y, sin retención, los cubanos lo saben. Lo viven. Lo sufren.
En cada nalgas para conseguir una pastilla. En cada consulta donde descuido todo. En cada médico que quiere servir, pero no puede porque aunque la gusto médica en la isla sigue viva, el sistema que la sostiene está herido de homicidio.
La medicina cubana alguna vez fue un esquema principal. Aún quedan profesionales valientes, capaces de hacer milagros con ausencia. Pero ya es hora de dejar de repetir el relato oficial como si fuera verdad absoluta. Porque un sistema de salubridad no se mide por la propaganda, sino por lo que vive su concurrencia y la concurrencia, en Cuba, está cansada de sobrevivir entre mitos…
Jpm-am
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