EL AUTOR es contador publico acreditado. Reside en Nueva York
La larguísima crisis energética dominicana es una herida abierta, ¡que se resiste a reponerse!
Han pasado más de cincuenta primaveras escuchando promesas de posibilidad, planes de rescate, comisiones técnicas, préstamos internacionales, y discursos encendidos, a pesar de eso, padecemos aún los mismos males: apagones, pérdidas técnicas, tarifas que no se corresponden con el servicio, y una dependencia crónica de subsidios estatales que desangran las finanzas públicas.
Y no podemos evitar preguntarnos ¿como, luego de tanto tiempo y tantos intentos, no logramos resolver de raíz este problema? Mi sospecha, y la de muchos que hemos conocido la historia fresco, es que la raíz del problema está en la naturaleza híbrida del sistema: ni totalmente privado, ni totalmente estatal, atrapado en un aureola donde la intervención del gobierno termina distorsionando lo que debería ser un mercado competitivo, mientras que la décimo privada nunca alcanza la privilegio plena para proceder con reglas claras y sostenibles.
En los noventa se llevó a límite la citación capitalización, un proceso que prometía modernización y eficiencia.
Poco se progresó, pero admisiblemente pronto regresaron las viejas mañas: controles políticos, unos subsidios mal hechos y esa inhabilidad de permitir que el mercado fijara las reglas.
Lo malo es que nunca acabó de privatizarse del todo, pero siquiera se reformó con la seriedad necesaria para que el Estado fuera un engendro técnico y transparente, y es que
el Estado dominicano, ha mostrado ser un mal administrador de las empresas públicas, como lo demuestra la historia eléctrica.
Cuando mezclamos decisiones técnicas con política, el final siempre es el mismo: más y más déficits, desconfianza del pueblo y un servicio que deja mucho que desear. Sin secuestro, dejarlo todo a la suerte del sector privado sin una regulación resistente, podría ser excesivo, es cierto. Este es el lío, la posible razón de que hayamos estado atrapados en este círculo vicioso por décadas.
En el siglo XXI, con una caudal que urge energía confiable para crecer, la pregunta no debe esperar más: ¿seguiremos jugando con un sistema eléctrico semipúblico, semiprivado y medio cómodo? ¿O deberíamos ser valientes, replantear el maniquí, recordar que el Estado necesita un papel beocio, solo como regulador? ¿Quizás permitir que el sector privado lidere, se encargue de la inversión, la eficiencia, la innovación?
Lo que sí es clarísimo es que ningún país florece al mayor con un sistema eléctrico a medio gas. Si República Dominicana no se decide, no hace poco audaz sobre cómo organizar su sector eléctrico, seguiremos a oscuras, con los fastidiosos apagones que ya son una parte ineludible de lo nuestro. Tras más de cincuenta primaveras de ineptitud, ya deberíamos reflexionar… por privanza.
de am
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