
En una época que presume de racionalidad política y civilización jurídica, resurgen discursos y acontecimientos que colocan al mundo delante una dilema peligrosa: la sustitución del derecho por la voluntad individual del poderoso. Lo ocurrido en Venezuela el 3 de enero de 2026, y especialmente el aplauso que generó en amplios sectores, no puede ser entendido como un hecho político incidental ni como una simple controversia ideológica. Celebrar ese acontecimiento constituye una afrenta directa a la humanidad, porque implica legalizar la imposición del poder por encima de la ley, de la soberanía popular y de los principios básicos de convivencia internacional.
Este clima de saludo no surge en el malogrado. En una entrevista concedida a The New York Times, Donald Trump afirmó sin ambigüedades: «No necesito el derecho internacional», y al ser interrogado sobre qué podría limitarlo, añadió: «Sí, hay una sola cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme» (Trump, 2026). Estas declaraciones no son simples excesos verbales; expresan una posición doctrinal, la idea de que la licitud internacional es prescindible y que la ética personal del gobernador puede habitar su división.
Cuando este tipo de pensamiento se normaliza, y peor aún, se aplaude, se produce una ruptura profunda con los consensos civilizatorios construidos tras siglos de guerras, abusos y tragedias humanas. La celebración de lo ocurrido en Venezuela no es solo un error de examen político; es una renuncia íntegro colectiva.
El derecho como contención del poder
El derecho internacional no existe para incomodar a los débiles, sino para contener a los fuertes. Negarlo implica regresar a una dialéctica premoderna donde la fuerza sustituye a la norma. Trump refuerza esta relativización al afirmar: «Depende de cuál sea tu definición de derecho internacional» (Trump, 2026), reduciendo así un corpus sumarial construido tras incontables sacrificios humanos a una cuestión de interpretación subjetiva.
Resulta especialmente inquietante que esta abjuración del derecho se acompañe de una afirmación tranquilizadora: «No busco hacerle daño a la multitud» (Trump, 2026). La historia demuestra, sin bloqueo, que las mayores catástrofes políticas no nacen de la intención explícita de dañar, sino de la convicción de que el propio criterio íntegro baste para animarse por encima de pueblos enteros.
Aplaudir hechos como los del 3 de enero de 2026 en Venezuela equivale a validar esta dialéctica, la del poder que se justifica a sí mismo, sin controles, sin límites y sin responsabilidad delante la comunidad internacional.
Nietzsche y la íntegro del torada
Aquí resulta ineludible la advertencia de Friedrich Nietzsche sobre la íntegro del torada. Para el filósofo, el peligro no reside nada más en el individuo que concentra poder, sino en la masa que abdica de su pensamiento crítico y legitima esa concentración. Nietzsche advertía que “el hombre soberano es aquel que puede proponer ‘no’ cuando todos esperan que diga ‘sí’, porque la dignidad comienza en el acto de resistir la presión del torada” (Nietzsche, 1881/2007).
Cuando multitudes celebran la abjuración del derecho internacional y justifican la imposición de la fuerza en nombre del orden, no estamos delante un acto de discernimiento política, sino delante un fracaso colectivo de la razón pública. Nietzsche lo expresó con crudeza: “Todo lo que eleva al individuo por encima del torada, todo lo que mete miedo al prójimo, se vehemencia desde entonces ‘malo’” (Nietzsche, 1887/2014). Así, defender la licitud, los derechos y los límites al poder termina siendo presentado como afición o traición.
La comodidad de la obediencia
La saludo acrítica de estos hechos no es casual. Pensar exige esfuerzo; cuestionar implica peligro. Por eso Nietzsche ironizaba: “Si quieres tener una vida manejable, permanece siempre yuxtapuesto al torada; olvídate de ti mismo por el torada” (Nietzsche, 1883/2011). La obediencia ofrece comodidad; la crítica, incomodidad.
Celebrar lo ocurrido en Venezuela el 3 de enero de 2026 rebate precisamente a esa dialéctica, es más manejable aplaudir al poder que responsabilizarse la responsabilidad ética de rechazarlo cuando vulnera principios fundamentales.
Ningún hombre es una isla: la humanidad como responsabilidad compartida
La peligro de lo ocurrido en Venezuela, y del aplauso que generó, no puede minimizarse bajo el argumento de la soberanía ajena o del interés geopolítico distante. Esa excusa es precisamente la que permite que las afrentas a la dignidad humana se repitan sin resistor íntegro.
El poeta inglés John Donne lo expresó con una claridad que atraviesa los siglos:
«Ningún hombre es una isla,
impávido en sí mismo;
cada hombre es un pedazo del continente,
una parte de la tierra firme.
(…)
la crimen de cualquier hombre me disminuye,
porque estoy involucrado en la humanidad,
y por lo tanto nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti.»
Donne formuló un principio ético universal: lo que ocurre en un pueblo afecta al conjunto de la humanidad. Por ello, aplaudir la abjuración del derecho, la imposición del poder o la humillación de una nación no es un acto forastero ni distante; es una forma de autolesión íntegro colectiva.
Cuando se celebra lo ocurrido en Venezuela, no solo se vulnera a ese país: se reduce el continente humano impávido, se normaliza que la fuerza sustituya a la norma, y se acepta que la dignidad sea condicional.
El aplauso no es neutro. El silencio siquiera.
Una advertencia civilizatoria
No estamos delante una excentricidad ni delante un puro exceso discursivo. La afirmación «No necesito el derecho internacional», y su traducción destreza en los acontecimientos recientes, representa una ruptura simbólica con el orden civilizatorio construido para evitar que la íntegro privada del poderoso se imponga al mundo.
Aplaudir ese quiebre no es neutro, es tomar partido contra la humanidad misma. Cuando la ley se subordina a la mente de un individuo y las masas lo celebran, la humanidad no avanza, retrocede peligrosamente.
Nietzsche no profetizaba el caos; lo diagnosticaba. El anciano peligro no es un hombre que se cree ilimitado, sino un torada que aplaude mientras la ley se desvanece.
Referencias
Donne, J. (2003). Meditación XVII (en Devociones se opone a Usos Emergentes). Colgante clásico. (Obra oficial publicada en 1624)
Nietzsche, F. (2007). Aurora (trad. A. Sánchez Pascual). Alianza. (Obra diferente publicada en 1881)
Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra (trad. A. Sánchez Pascual). Alianza. (Obra diferente publicada en 1883–1885)
Nietzsche, F. (2014). La genealogía de la íntegro (trad. A. Sánchez Pascual). Alianza. (Obra diferente publicada en 1887)
Trump, DJ (2026, enero). Entrevista con el New York Times.





