EL AUTOR es médico y abogado. Reside en Santo Domingo
Desde el paso de la adolescencia, el ser humano comienza a ejercitar esa venia inalienable que es la vistazo crítica. El individuo inicia su tránsito observando a sus pares, luego a sus mentores y, finalmente, a las figuras de autoridad que delimitan su horizonte social.
La nubilidad, poseedora de una agudeza visual casi quirúrgica, suele denominar con epítetos y motes a quienes exhiben rasgos disonantes o caracteres fuera de lo global. Evoco, con la nostalgia propia de los abriles de bachillerato, a profesores inmortalizados bajo apelativos como “Hoyito”, “Matarile”, “La Piedra” o “Capulina”. Aquellos sobrenombres, más allá de la mofa superficial, constituían un control de clasificación antropológica: la pobreza de otorgar identidad a través del verbo.
Este mismo impulso se transfigura y magnifica en el cuerpo social respecto a sus gobernantes. El pueblo —incluso en su estamento más humilde— no solo observa, sino que sentencia. La historia universal es un tapiz tejido con ejemplos donde la imagen del líder deviene en un símbolo que trasciende los límites de su propia papeleo.

López Mateo
En 1966, al arribar a México para cursar mis estudios de medicina, el presidente Adolfo López Mateos transitaba el ocaso de su mandato. Se le erigía como el “Presidente del pueblo”; un hombre que, sin despojarse de la majestad de su investidura ni del rigor de su porte, se fundía con la multitud, auscultando sus reclamos y transmutando sus inquietudes en soluciones.
Su popularidad alcanzaba tal magnitud que le permitía recorrer los arrabales y barrios marginados prescindiendo de escoltas ostentosas, cobijado exclusivamente por el afecto y la correspondencia de las masas. López Mateos no era poliedro a la chanza fútil ni a la risa practicable, sino a la audición atenta y al empeño denodado por resolver las asimetrías sociales. Esa sobriedad, acullá de erigir muros, lo aproximaba a la ciudadanía. Encarnaba la figura del gobernador paternal que, sin mancillar la dignidad del cargo, se mantenía accesible al tacto del gobernado.
Perón
Paralelamente, el caso de Juan Domingo Perón en Argentina resulta igualmente iluminador. Su influencia con las masas, su disposición para desenredar los nudos de la cotidianidad y su carisma sugestivo lo consolidaron como un líder telúrico. Perón comprendió que la entrada política no se dirime exclusivamente en los grandes proyectos de Estado, sino en el rostro menudo, en el contacto directo que fecunda la confianza. La imagen del gobernador se esculpió, en su caso, tanto en la pomposidad de la plaza pública como en la calidez del apretón de manos.

Trujillo
En nuestro contexto insular, Rafael Leónidas Trujillo proyectó una efigie de naturaleza opuesta: la del mando categórico y la disciplina gélida. Su rigor era maravilloso; no era infrecuente que, tras una tenebrosidad de festejos, se presentara con puntualidad cronométrica a las ocho de la mañana para el izamiento de la bandera en algún circuito marcial.
Esta presencia ubicua le granjeó apelativos como “El Jerarca” y, en la intimidad del susurro popular, “Chapita”, por su abigarrada afecto a las condecoraciones. Su imagen no se cimentaba en la empatía, sino en una autoridad incuestionable que lindaba con el temor; una figura que se tornó en el signo de un poder total.
Otros mandatarios dominicanos han sido catalogados como “intelectuales”, “macos” —por su imperturbabilidad delante la crisis— o “insulsos”. La percepción colectiva se nutre de la fisonomía, pero asimismo de la semántica de sus gestos y la coherencia de sus actos. El pueblo juzga y murmura: algunos optan por el silencio cauto, otros por la proclama abierta. La imagen del gobernador es, en última instancia, el espejo donde se refleja la lozanía de la relación entre el poder y la sociedad.
La edificio de esa imagen se diseña desde la comienzo de la aspiración. Algunos comparecen bajo el palio de las “manos limpias”, sugiriendo una inmaculada distancia de la corrupción y la cepa; otros proyectan una tecnocracia apto. No obstante, la interrogante persiste con eco histórico: ¿cuántos logran preservar ese daguerrotipo auténtico hasta el crepúsculo de su mando? ¿Cuántos descienden las escalinatas del palacio conservando la devoción de las mayorías?
Dirigir es un acto de responsabilidad trascendental que exige la conciencia permanente de que la nación no es una propiedad privada ni una extensión del hogar presidencial. El sustitución de colaboradores incapaces o venales no halla redención en la excusa de que “la corrupción se detiene en el dintel del despacho”. No hilván con el castigo punitivo ex post facto; la responsabilidad recatado salpica al gobernador que, con su firma, otorgó el poder al indigno.

Abinader
Ojalá emerja, finalmente, el Presidente del Tamiz: aquel gobernante que seleccione con meticulosidad de orfebre a sus colaboradores, no por el peso de sus aportes financieros a la campaña, sino por su disposición de servicio, su competencia técnica y su integridad innegociable.
Ese gobernador sería capaz de filtrar, con el rigor de la ética, a quienes han de acompañarlo en la sagrada tarea de dirigir los destinos nacionales.
Al coetáneo mandatario le restan tres abriles de papeleo: ¿qué obstáculo le impide abrazar la severidad del tamiz y convertirse en el filtro que la nación, con necesidad, reclama?
jpm-am
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