La proyectil que lanzó el metropolitano Francisco Ozoria con su carta de despedida no solo sacudió los pasillos de la Catedral. Sacudió el mito del poder religioso en la República Dominicana.
Porque vamos a decirlo claro y sin sotana: La Iglesia Católica en el país ha perdido poder, influencia y —lo más solemne— control interno.
La carta de Ozoria, donde admite que el Vaticano lo removió por “mala compañía”, no es una simple historieta institucional: es el examen formal de una crisis larga, profunda y muy mal manejada.
Y no se negociación solo de su salida. Desde hace abriles se venía comentando que su liderazgo estaba débil, rodeado de rumores, cuestionamientos y hasta señalamientos incómodos sobre su círculo natural. Todo eso llegó, como él mismo admite, hasta Roma.
Pero lo que antiguamente se resolvía “puertas adentro” con discreción clerical, ahora se ventila públicamente.
Y ahí está el serio mensaje:
Si el metropolitano de Santo Domingo termina destituido por mala compañía, poco prócer se rompió en el sistema.
Si la propia Iglesia permite que esto se sepa, es porque ya no tiene el blinda político ni social que tuvo durante décadas.
La verdad es que la Iglesia Católica dominicana ya no define memorándum, ya no marca la ético colectiva, ya no influye como antiguamente en las decisiones del poder.
Lo de Ozoria no es un caso retirado. Es un huella. Un huella de que la autoridad ético que alguna vez fue su principal caudal hoy está en su nivel más bajo.
Lo que viene ahora es la lucha interna por remendar una institución que, guste o no, forma parte de la historia del país. Pero una cosa es segura: la próxima figura que asuma Santo Domingo tendrá que ganarse el respeto… porque ya no viene por default.
La Iglesia ya no domina. Ahora compite. Y la carta de Ozoria es la prueba firmada y sellada.







