La humanidades erótica de Juan Bosch

No conmemoración quién me preguntó en una entrevista sobre la predilección que tengo de trabajar ciertas zonas eróticas en mis cuentos. Ahora, muchos abriles a posteriori hago la consejo —y ofrezco como una primicia— de que el erotismo en la humanidades mía nace, precisamente, de la relectura exploratoria que hice de todos los cuentos de Juan Bosch.

El objetivo fundamental de esa relectura era entrar como un detective en la singular naturaleza creativa de Juan Bosch, estudiar de forma minuciosa cada relato, conocer los personajes protagonistas, agonistas y antagonistas; y, durante el proceso, enfocarme en identificar si había una secante marcada de trabajo amatorio en su cuentística.

¿Y cuál fue el resultado cuando terminé mi ojeada anotada de toda la novelística de Juan Bosch, buscando esa parte erótica? Que no había. Juan Bosch es un escritor desinteresado, árido en el tema por voluntad propia, que se cuidó mucho, incluso, de poner alguna insinuación erótica en sus cuentos y sus novelas.

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Sin poder reponerme de mi sorpresa, yo me preguntaba, pero qué ocurrió, si él, antiguamente de convertirse en escritor tuvo una vida popular; y luego, ya en su juicio como escritor, leyó mucha humanidades, novelas y cuentos de autores latinoamericanos y universales. Conocía “Decamerón”, de Giovanni Boccaccio, “Kama-sutra”, cuyo autor es el escritor hindú Valíala novelística “Historia del ojo”, de Georges Bataille; y no desconocía el tomo de la Sagrada Escritura “El cantar de los Cantares”, con sabia experiencia su autor, ya que el rey Salomón tuvo 700 esposas formales y 300 concubinas. Si el año tiene 365 días, hay que imaginarse el monumental vigor de Salomón y los compromisos íntimos que atendía a diario, tomando en cuenta el impresionante tamaño de su harem.

Los tratadistas clásicos consideran el “Cantar de los Cantares” como un poema de apego, una especie de madrigal de varios cantos muy reveladores sobre dos amantes: un pipiolo pastor y una Sulamita (que derivó a nombre femíneo de origen hebreo, y que se traduce como «la mansa» o «la pacífica»), que fueron forzados a separarse, y que se declaman su apego en una forma poética muy singular y esperanzadora.

¿A qué época escribió Salomón ese poema? El nota específico no está arreglado de forma confiable, pero hay investigadores que lo ubican en la adolescencia plena del rey. La Sagrada Escritura siquiera ayuda con objetividad sobre esa información.

En cambio, tenemos el nota incontrovertible de que Juan Bosch rondaba los 55 abriles cuando escribió una obra reveladora sobre otro monarca bíblico. El tomo se titula “Davidhazañas de un rey”, que fue un aristócrata israelita de muchos amores; y si hacemos memoria, podemos rememorar, entre esposas y concubinas a Eglá, Betsabé, Mical, Maacá, Hagit, Ahinoam, Abigaíl y Abital.

Encima, Juan Bosch, como hombre hizo una vida vinculado a dos grandes amores antiguamente de entregarse por inconmovible a la política; y en ese universo tan particular se involucró con muchas personas de ese mundo, incluidos líderes y escritores asiáticos que menciona en sus libros, cuando viajó a los países antípodas.

De forma que, sitiado por situaciones de índole personal y leyente selectivo de obras literarias eróticas muy específicas, cómo es posible que en su propia humanidades no haya esa carga erótica, que no aborde la sexualidad y las pasiones humanas por lo menos, de forma sutil.

Entonces, luego de una ojeada total no podía entender cómo Juan Bosch tan versátil, itinerante por varios países de Europa y América, con una educación y una civilización acrisolada, hizo humanidades y pasó por la vida sin dejar igualmente un registro del erotismo de su paso por la vida, como ser humano, como escritor, incluso, como el individuo que se propone soportar una memoria de exención con cuentos de campesinos, donde el apego por una mujer era materia de conflictos y desafíos.

En su caso, Juan Bosch prefirió de forma deliberada no soportar el erotismo a su humanidades. Y lo amatorio quedó relegado y solo funcionaba para sus fines personales. Eso, sin duda, lo explica todo.

El erotismo está, incluso, como ya cité, hasta en la La Sagrada Escritura. Entonces, un ejecutor tan fundamental en nuestros momentos más volubles y cotidianos como es el erotismo siempre tiene que permear en algún momento parte de la humanidades que uno trabaja y parte de la humanidades que un escritor trabaja, precisamente, tiene que hacerse con la crónica de ciertos momentos eróticos, impuestos, circunstancialmente, por la vida.

En medio de un orden universal, la vida no puede estar al ganancia de los momentos eróticos. Ahora, lo que sí tiene que tener cuidado el escritores de no convertir lo amatorio en vulgar, que colinde con la pornografía, y de eso yo siempre aconsejo prolongar distancia. Vi, por ejemplo, en el caso de Juan Bosch, que quizá su temor fue ese, y que se tradujo en un cuidado extremo y calculado. No quería soportar confusión en un momento determinado, y viviendo bajo ciertas circunstancias, por lo que su humanidades tenía que recorrer un camino ético y ecléctico que él se había propuesto.

El presente mío lo decidió el hecho de proponerme otro camino, y ese camino, con propósitos claros y proporcionadamente pensados, incluyó la parte erótica de la vida, de la mujer y del hombre, que es un tema muy íntimo y de manejo muy cerrado, pero que no tiene por qué serlo en la humanidades.

Yo, de forma deliberada, tomé la valor temprana y trabajo desde entonces, como cronista de esa parte del erotismo que se encuentra como un almácigo de emociones, en todos los cuentos que así lo reclamaba la naturaleza de los personajes comprometidos y que figuran en varios libros míos, entre ellos: “El luchador”, “Bajo el acoso”, “Los ídolos de Amorgos”“Historias de cada día”, “La sórdida telaraña de la mansedumbre”, traducido al italiano en el 2001 por la editorial Perosini.

El trabajo con esa atmosfera erótica se mantuvo en los libros de cuentos “A puro dolor”, “Los límites del Paraíso al margen”, “Soñar en el paraíso”, “Infortunios y días felices de la grupo Imperios Duarte recordados con pusilánime ternura”, “Memorias de Ricardo Valdivia” y “En cierta forma sentimentales”.

Hay escritores, maestros consagrados y reconocidos de la humanidades universal de los que escritores contemporáneos y de gran talento, terminan heredando sus vacíos, sus ausencias técnicas, caminos esbozados y que no hicieron, la trayectoria trunca, que por alguna razón no lograron delimitar; y para conquistar eso se necesita solo el poder de la intuición creativa a la hora de descifrar, una por una sus obras, con inteligencia y cautela.

El herencia creativo, la transferencia de técnicas y los secretos profundos del oficio que traspasa un escritor a otro, sin proponérselo, resultan impresionantes.

En ese orden apoyo la idea de varios críticos y analistas del productos, cuando plantean que ese vano deliberado de Juan Bosch constituye un auténtico reflexiva de la personalidad del autor.

La abandono de ese trabajo del erotismo en los cuentos de Juan Bosch me ayudó a cruzar la secante. Y lo hice por una sencilla razón; y que se explica porque el trabajo evolutivo de un escritor, para decirlo con una idea gráfica, se podría comparar con una cebolla, tomando en cuenta la singular y reveladora consistencia de su interior, donde encontramos un trasmallo de aros envolventes de distintos tamaños; y cada aro de la cebolla —el primero, que empieza en el núcleo y dándole espacio categórico al símil—, se traduce en una escalón creativa. Así que, por vía de consecuencia, cada escritor se visibiliza con el realce que hace en cada escalón que lo lleva a la consagración.

En ese orden queda explícita su mecánica de trabajo o encubrimiento, a tal punto que cada escalón del escritor que se escoge para descifrar, o la abandono voluntaria de una secante de trabajo, marca y abre, o revela, consciente o inconscientemente, la escalón por la que otros escritores, finalmente, se decantan y terminan trabajándola, al mismo tiempo que se convierten en los relevos creativos generacionales.

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