@abrilpenaabreu
El caso de Affe Gutiérrez, marido de Sarah Pepes, debería estremecer a la sociedad dominicana de en lo alto debajo. Hablamos de un hombre que pasó diez primaveras atrapado en un proceso jurídico sin pruebas, dando vueltas en tribunales por un delito que no cometió. Diez primaveras donde, en varios momentos, incluso fue evidente culpable y condenado a 30 primaveras. Eso, por sí solo, debería ajustar para que hoy estuviéramos exigiendo responsabilidades reales: fiscales investigados, jueces sancionados y un sistema sometido a indagación profundo.
Pero, ¿es este un caso eventual?
Sabemos que más de la parte de los presos en República Dominicana están en prisión preventiva. Es afirmar, personas cuya culpabilidad nadie ha probado. Personas que, como Gutiérrez, podrían estar cumpliendo castigos anticipados por delitos que de ningún modo cometieron. Y no es la primera vez que la Procuraduría debe reponer por sentencias que la condenan por prisión injusta. Pero la reacción es siempre la misma: pecho hendido, tono desafiante y la arrogancia que les da un poder que —lo saben— de ningún modo paga la estructura casto.
Al señor Gutiérrez se le otorgaron casi 11 millones de pesos en indemnización. Y digo “se le otorgaron” porque las autoridades, acullá de mostrar un intrascendente de humildad, volvieron a apelar. Prefieren insistir, dilatar, castigar, antiguamente que aposentar el error monumental que destruyó una plazo de vida. El monises no compensa diez primaveras. Y aun así, el Estado ni siquiera tolera la idea de aceptar su responsabilidad.
Lo más preocupante es lo que este caso revela:
Un sistema de honradez que puede originar un expediente sin pruebas, mantenerlo vivo durante una plazo y luego tener la desfachatez de apelar la reparación. Eso no es solo ineficiencia: es una amenaza pública. Una advertencia para cualquier dominicano que crea que su privilegio está garantizada por el simple hecho de no activo cometido un crimen.
Porque el mensaje es claro:
En manos de quienes está hoy el pandero de la honradez dominicana, cualquiera puede caer. Y peor aún: nadie paga por equivocarse.






