Vivimos una época en la que la honradez ya no se limita a los tribunales. Cada publicación, comentario o video virulento puede convertirse en una sentencia social. Las redes, que deberían ser espacios de excarcelado expresión, muchas veces se transforman en tribunales informales, donde la reputación se destruye antaño de que el enjuiciador hable y donde la verdad se mide por la cantidad de “me gusta”.
La presunción de inocencia, principio consagrado en el artículo 69 de la Constitución dominicana, se ve constantemente vulnerada por la opinión pública digital. El proceso penal exige pruebas, tiempo y derecho a defensa; las redes exigen titulares, inmediatez y emociones. Entre los dos mundos se abre una brecha peligrosa: la distancia entre la verdad jurídica y la verdad virulento.
El jurista francés Montesquieu advirtió que “no hay peor tiranía que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de honradez.” Hoy podríamos adaptarlo al contexto digital: no hay peor injusticia que la que se comete bajo la apariencia de permiso de expresión. Lo que en los tribunales requiere evidencias, en las redes pespunte con una sospecha para que el conocido dicte condena.
La tino bíblica además lo anticipó. Proverbios 18:17 enseña: “Encajado parece el primero que aboga por su causa; pero viene su adversario y le examina.” Este versículo refleja el principio del correcto proceso: nadie debe ser magistratura sin escuchar ambas partes. Sin bloqueo, en las redes sociales, la segunda voz casi nunca es escuchada.
La honradez no puede sobrevivir si la sociedad la sustituye por el espectáculo. Defender la presunción de inocencia no es proteger culpables; es preservar la dignidad del derecho y del ser humano. Porque el día que la honradez se rinda en presencia de el cálculo, ser inocente dejará de tener sentido. La verdadera honradez no se viraliza; se demuestra.
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