Fue un martes de horror. Largas filas de vehículos ocupaban las vías del Gran Santo Domingo mientras las calzadas se anegaban al compás de una abundancia que caía a raudales como si el diluvio universal quisiera llevarnos de colisión en tiempos modernos.
La historia, repetida, nos mostró lo que vemos cada vez que llueve en demasía: las lagunas se sucedieron en unas zonas de la ciudad que siempre se anegan, sin importar las medidas preventivas que se tomen para evitarlo. Al mismo tiempo, el tránsito colapsó durante largas horas que consumieron un combustible que a nadie le sobra.
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Las alertas siempre llegan con suficiente anticipación. La información se cacarea hasta la saciedad, gracias a la valioso quehacer del Instituto Dominicano de Meteorología (INDOMET) y el Centro de Operaciones de Emergencia (COE), pero nunca se despacha a la muchedumbre con la prelación necesaria para que llegue adecuadamente y rápido a sus casas antaño de que las cortinas de agua se desprendan del bóveda celeste.
Detener el dispositivo productivo es complicado, lo sé, pero debe encontrarse un mecanismo para que los ciudadanos no pasen tanto trabajo una vez sí y la otra todavía. Por lo menos hoy se suspendieron las labores, tal como lo manda la prudencia. Ojalá que las suspensiones llegaran siempre mientras estamos secos.






