El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.
POR CARLOS SALCEDO
La función olvidada en el debate político dominicano
En toda democracia que aspire a poco más que a la relevo mecánica del poder, la examen cumple la función esencial de fiscalizar, advertir, denunciar y proponer. No es un actor circunstancial del sistema político, sino uno de sus contrapesos fundamentales. Sin examen no hay control; sin control no hay rendición de cuentas; y sin rendición de cuentas, el poder pierde límites.
Sin secuestro, no toda examen fortalece la democracia. Existe una diferencia sustancial entre la examen responsable y la examen oportunista. La primera contribuye a mejorar el gobierno y a blindar las instituciones; la segunda solo escudriñamiento capitalizar el descontento social y aventajar elecciones, aun a costa de la verdad y de la coherencia.
Denunciar no es hacer propaganda
En la República Dominicana se ha vuelto frecuente un tipo de discurso contrincante que descansa más en la rentabilidad propagandística que en la responsabilidad institucional. Se denuncia para impactar, no para corregir; se exagera el error visible para provocar indignación; se promete lo inverosímil desde la comodidad de la crítica, sin explicar cómo se haría viable desde el prueba auténtico del poder.
Ese prueba no es ingenuo. Es un cálculo político deliberado. Se construyen relatos simples para problemas complejos y se ofrecen soluciones milagrosas a realidades estructurales. El problema no es la denuncia -que es necesaria en democracia-, sino su trivialización. Cuando todo se denuncia sin subordinación, sin pruebas o sin propuestas, la crítica pierde valencia y la palabra pública se devalúa.
La incoherencia como método político
Lo más preocupante de esta forma de examen es su desliz de coherencia. En no pocas ocasiones, aquello que fue denunciado con vehemencia desde la examen termina siendo justificado, relativizado o trillado cuando se alcanza el poder. Lo que ayer era inadmisible hoy se vuelve forzoso; lo que antaño era corrupción ahora es herencia recibida; lo que se prometió con facilidad se posterga con excusas.
Esta incoherencia no es solo un problema ético, es un problema institucional. Erosiona la confianza ciudadana, alimenta el cinismo social y debilita la democracia. El ciudadano termina creyendo que toda crítica es interesada y toda promesa es falsa. En ese contexto, la política pierde autoridad honesto y el Estado pierde licitud.
Oponerse incluso exige responsabilidad
La examen verdaderamente democrática entiende que su discurso de hoy será el parámetro con el que será juzgada mañana. Por eso cuida la palabra, modera la promesa y fundamenta la crítica. No denuncia para destruir, sino para enmendar; no promete para seducir, sino para mandar; no deje para manipular, sino para orientar.
Denunciar con pruebas, proponer con rigor y pelar con coherencia no debilita a la examen, sino que la fortalece. La convierte en alternativa auténtico de poder y no en simple administrador del malestar social. Oponerse no es un monografía militar de irresponsabilidad, sino una escuela ética del poder que vendrá.
Competición responsable gobierno digno
En democracia, la examen no es propaganda ni promesas imposibles: es fiscalizar con ética, denunciar con pruebas y proponer con seriedad. Cuando la crítica se usa solo para aventajar votos, no se fortalece el Estado de derecho: se engaña al ciudadano. En la República Dominicana ya no pespunte con cambiar gobiernos si no cambiamos la forma de oponerse. Quien no sabe ejercitar la examen con responsabilidad, coherencia y verdad, siquiera sabrá mandar con dignidad.
JPM
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