
A verdad de Platón, Sócrates afirmaba que nadie hace el mal premeditadamente, sino por ignorancia. Pero hoy, quizás, el mal no se deba tanto a la ignorancia como a la costumbre. La costumbre de disimular, de efectuar, de convertir la escuela en un teatro donde cada uno desempeña su papel con la tiento de un actor: el docente, cuál intérprete exhausto, finge enseñar; el estudiante finge ilustrarse, el director finge dirigir, el Tarea finge retener y aportar, el sistema finge funcionar. Unos y otros asidos a un raya que, encima, parece escrito por otros.
En presencia de tal panorama me veo tentado a creer que, tal vez, la cacareada revolución educativa debió ser más una recuperación de lo que se ha deshecho. Porque nadie puede desavenir grandes problemas con una estructura frágil, y la escuela de hoy se parece más a una casa con cimientos de yeso: brillante en las fotos, cero sólida por adentro. Pretendemos cambiar el mundo desde un edificio que tiembla con el soplo del más leve capricho de los políticos de turno. Mientras muchos, incluidos no pocos padres, lanzan piedras a la escuela sin considerar que, como adecuadamente señala Santos Exterminio en su volumen titulado “El arca de Noé: la escuela salva del diluvio”, las tejas de ella desprendidas caen incluso sobre la habitante de sus hijos.
La fragilidad se disfraza de burocracia. El miedo se lumbre norma. El control se disfraza de “calidad”. Y la calidad no es guatar formularios o barrer la casa solo para la foto de evidencia, sino que es sostener el alma del plan educativo aun cuando nadie mira. Por lo que respecta al pedagogo, siendo yo uno de ellos, “Ordenar la casa solo porque llega entrevista” parece la triste metáfora de una educación basada en la supervisión que procura formas, no en el éxito educativo; cuando, en verdad, debemos mantenerla ordenada porque estamos en ella, porque la habitamos, porque la amamos. Por lo que hace al Estado, desterrar el sentimiento según el cual se pesquisa el autoengaño, procurando por diferentes vías que la verdad le dé la razón aun cuando no la tiene.
Al final, no se tráfico de restaurar la escuela. Se tráfico de transformarla. De devolverle su alma. De proteger sus estructuras para que cuajo el peso de una verdad cada vez más compleja, más difusa, en definitiva, como diría Bauman, “más líquida”. De darle la autonomía para que eche raíces profundas en su contexto. De expulsar de sus aulas la parodia de los roles y recuperar la autenticidad del educación que genera tranquilidad. En definitiva, de cuidar, como el adecuadamente más preciado, la curiosidad y la tranquilidad de quienes la habitan.
Siendo, pues, la escuela tarea de todos, si no la fortalecemos convirtiéndola en el centro de la dietario doméstico —y no en medio para fines políticos, económicos y/o mediáticos— seguiremos colocando flores sobre sus escombros, confundiendo el adorno con la estructura. Si Oppenheimer tiene razón al sugerir en su inquietante volumen “Baste de historias” que, para un país cambiar, el primer paso es explorar debilidades y sentirnos mal por ellas, quizás el veterano acto de honestidad de los actores del sistema educativo sea cobijar que el edificio de la educación se resquebraja, y que lo hace no por desidia de capital, sino por exceso de simulacro.
Creo que fue Coelho quien escribió que cuando buscas tu inscripción personal, el universo conspira a tu privanza. Sin incautación, todo sugiere que la escuela coetáneo conspira contra sí misma, al permitir que la habiten fantasmas con agendas ajenas al alma que debería animarla. Y en este gran teatro, la estructura cruje. ¿Cuántas generaciones más deberán malbaratarse ayer de explorar nuestra arrogancia? Al final, la pregunta no es cómo sobrevivir, sino si tenemos el valía de dejar de efectuar y nacer a rehacer lo que se ha deshecho como condición necesaria para construir. ¿O preferimos, cual Narcisos modernos, ahogarnos en el lagunajo de nuestra propia parodia?
Frelkyn M. Jiménez Ynoa
Profesor Universidad Católica Nordestana y del MINERD






