En la sociedad dominicana, «parecer estar admisiblemente” no es solo un estado: es una obligación cultural. No importa cuán adversa sea la ingenuidad económica, emocional o llano; el mandato implícito es mostrar fortaleza, éxito y estabilidad.
La apariencia se convierte en un escudo social, y asilar vulnerabilidad, en muchos casos, en una forma de derrota simbólica. Este engendro tiene raíces profundas.
La sociedad dominicana es intensamente relacional: el valencia del individuo está estrechamente vinculado a cómo es percibido por los demás. La reputación, el respeto y la imagen pública constituyen hacienda social. En ese contexto, “parecer estar admisiblemente” funciona como una organización de supervivencia.
No se comercio nada más de vanidad, sino de protección. Mostrar afición puede interpretarse como incapacidad, fracaso o pérdida de status, con consecuencias reales en oportunidades laborales, relaciones sociales y autoestima.
Las redes sociales han amplificado esta dinámica. Se proyectan vidas prósperas, felices y estables, mientras las dificultades permanecen invisibles. El resultado es una ilusión colectiva donde casi todos aparentan estar mejor de lo que positivamente están, generando una presión silenciosa sobre los demás para sostener esa misma novelística.
Se construye así una ficción social compartida. Pero esta civilización de la apariencia tiene un costo elevado. Produce soledad emocional, porque el dolor no se comparte. Genera endeudamiento, porque se gasta para sostener una imagen. Y debilita la vitalidad mental, porque el individuo aprende a desmentir su propia ingenuidad.
La frase cotidiana “todo admisiblemente” se convierte muchas veces en un acto de resistor, no de verdad. Paradójicamente, esta conducta asimismo revela una fortaleza cultural: La resiliencia dominicana. La capacidad de seguir delante, de no rendirse delante la adversidad, de sostener la dignidad incluso en la escasez. Sin incautación, cuando la resiliencia se transforma en fingimiento, deja de ser virtud y se convierte en penoso y pesado bolsa.
El gran desafío social es transitar de la civilización de la apariencia a la civilización de la autenticidad. Una sociedad madura no es aquella donde todos aparentan estar admisiblemente, sino aquella donde nadie necesita fingirlo para ser respetado. Inspeccionar la verdad propia no debilita al individuo; lo libera. Y una sociedad que permite esa soltura es, finalmente, una sociedad más sana.
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