EL AUTOR es contador publico acreditado. Reside en Nueva York
Vivimos en una época donde cualquiera con golpe a internet puede erigirse como comunicador, analista o «influencer», sin más divisoria que la cantidad de vistas que sus provocaciones puedan producir.
En la República Dominicana, esta nueva sinceridad ha sido aprovechada por algunos que, desde plataformas como YouTube y otras redes sociales, se dedican diariamente a divulgar acusaciones infundadas, tergiversar hechos y procurar una novelística de odio contra el gobierno del presidente Luis Abinader.
Lo que en apariencia es sencillez de expresión, en muchos casos no es más que una organización de desinformación calculada. Se difunden mentiras como verdades absolutas, se repiten teorías sin sustento, se atacan personas sin pruebas y se manipulan datos con un fin muy claro: crear inestabilidad, debilitar la confianza pública y sembrar el caos.
Y detrás de todo esto, no solo hay intereses políticos, sino además económicos. Cuanto más escándalo, más vistas. Cuanto más odio, más capital.
Se ha creado un maniquí de negocio basado en la difamación, en el descrédito constante, en la deterioro de la institucionalidad. Todo gobierno debe estar sujeto a crítica, y la transparencia debe ser una exigencia constante.
Pero una cosa es murmurar con argumentos, y otra muy distinta es confeccionar acusaciones para aventajar seguidores y monetizar el caos. Lamentablemente, este comportamiento está normalizándose, y eso representa una amenaza seria para la salubridad democrática del país.
Luis Abinader ha gobernado en tiempos complejos y no está exento de errores. Pero lo que se está viviendo en las redes sociales trasciende cualquier debate genuino: es una campaña sistemática, sin rostro definido pero con patrones claros, donde se mezclan medias verdades con falsedades completas, y donde la figura del presidente se convierte en blanco constante de ataques que buscan socavar su autoridad honesto.
Desconfianza
Esto no solo afecta al gobierno; afecta a toda la sociedad. Se está cultivando un clima de desconfianza generalizada, donde ausencia se cree, donde todo se duda, donde los ciudadanos terminan atrapados entre la sinceridad y la mentira. Se fomenta una división peligrosa, una especie de desavenencia digital sin reglas ni ética.
Es urgente que como país empecemos a diferenciar entre el derecho a opinar y el acto de manipular. No podemos seguir premiando con atención, likes y capital a quienes destruyen reputaciones sin colchoneta, ni permitir que el cálculo determine qué es verdad y qué no.
La democracia necesita opinión desenvuelto, pero además necesita responsabilidad y verdad.
Defender el respeto por la verdad no es defender a un partido ni a un presidente, es defender el derecho de los dominicanos a estar en una sociedad donde el debate sea serio, donde el disenso sea constructivo y donde el futuro no esté secuestrado por los mercaderes del patraña.
joseflandez8@gmail.com
Jpm-am
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