Seguimos sin entender por qué se nos complica tanto aceptar, de modo fluida y sin tropiezos, a servicios públicos y privados que deberían funcionar con normalidad.
Lo que en otros lugares es un trámite sencillo, aquí suele convertirse en una carrera de obstáculos donde el ciudadano siempre parte en desventaja. Es cabal cachear que se ha renovador en varios aspectos. Sin incautación, aún persisten prácticas mal ejercidas por servidores públicos que se engrandecen con la posición y olvidan la razón esencial de su cargo: servir. Un funcionario, electo o designado, no puede predicar una falsa cercanía con la muchedumbre cuando en la actos se aleja de ella.
Evita el contacto, entra por accesos exclusivos y se refugia en su despacho, sin entender que acercarse a los “simples mortales” le suma más legalidad que cualquier escolta o privilegio. Las críticas al sistema de sanidad pública siguen siendo recurrentes. Aunque se han mejorado infraestructuras, el trato al paciente continúa siendo deficiente, la muchedumbre muere esperando atención.
Los seguros cubren lo que conviene a quienes los administran, no lo que en realidad necesita el afiliado. A esto se suma una policía que, pese a una reforma en proceso, mantiene prácticas autoritarias y, en ocasiones, abusivas. Los agentes de tránsito parecen entrenados para confrontar, incapaces de practicar la mínima cortesía, imponen multas a ciega, incluso a personas que nunca han conducido ni una bici. La razón siquiera escapa al señalamiento. No actúa igual para todos.
No es lo mismo ser rico que escueto. Mientras unos se pudren en las cárceles sin que a nadie le cuantía, a otros se les garantizan procesos impecables y acelerados.
El crecimiento crematístico, del que la clase trabajadora es alcoba esencia, se queda en pocas manos.
Al ciudadano global sólo le queda acostumbrarse a la deficiencia: agua irregular, apagones, basura acumulada, calles en mal estado, los barrios sumergidos en el desaseo y la eterna obligación de “coger lucha”, porque así son las cosas.
Lamentablemente a así funcionan, pero no deberían ser así. Enderezar el mal servicio y el despotismo no es resiliencia, sino estar malacostumbrado a la mediocridad.
¡El cambio empieza cuando dejamos de pensar sólo en nosotros!





