EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.
La democracia contemporánea se proclama viva, pero positivamente está para “cuidados intensivos”. Sus rituales se mantienen —elecciones, discursos, instituciones— mientras su espíritu se erosiona lentamente.
En otro artículo hurgué en sus raíces y su “proceso”. Y lo hice porque esto que observamos no es una crisis coyuntural, sino una transformación profunda: la sustitución del ideal demócrata por un entramado en donde el mercado y la tecnocracia dictan las reglas. Es, sencillamente, la mentira organizada de nuestro tiempo.
El problema no es solo financiero, sino político y recatado. La democracia ha sido progresivamente subordinada al poder del mercado, hasta convertirse en un mecanismo sencillo a los intereses de una minoría. El sistema político, allá de orientar el rumbo colectivo, ha sido desplazado por el “estoy buscándome lo mío”.
Desde los poderes hegemónicos mundiales hasta los “patios traseros” de esas estructuras gobiernan para tranquilizar mercados, no para certificar derechos. En ese proceso, la soberanía popular queda corta a un concepto embellecedor.

¿Cuál ha sido la trampa? El neoliberalismo ha jugado un papel central en esta mutación. Bajo la promesa de eficiencia y crecimiento, consolidó un maniquí donde la desigualdad no es una equivocación, sino un resultado esperado. La democracia, antaño gobierno de las mayorías y ahora vaciada de contenido social, se vuelve apta para el mercado y hostil para las mayorías. Se conserva el nombre, pero se pierde la sustancia. Lo que emerge es una democracia de descenso intensidad, sostenida por gentío a la que no le importa ética, ni las personas y mucho menos rendir cuentas.
A este escena se suma el promoción de la tecnocracia. Los espacios de deliberación política han sido ocupados por gerentes, consultores y expertos que gestionan lo manifiesto con razonamiento estrictamente mercurial.
La discusión democrática es reemplazada por indicadores, rankings y narrativas de eficiencia. El lengua financiero suplanta al lengua ciudadano. Se gobierna desde hojas de cálculo, no desde proyectos territoriales.
Las consecuencias las estamos viviendo. La concentración de la riqueza se intensifica, la pobreza se normaliza y la desigualdad se naturaliza. La corrupción deja de ser una anomalía para convertirse en sistema: socializa pérdidas, privatiza ganancias -incluyendo cuánto devolveré de lo robado para que me dejen tranquilo- y erosiona la confianza pública.
Pegado a ello, el individualismo se impone como “valía” dominante. La competencia salvaje sustituye a la solidaridad, debilitando los lazos sociales que sostienen cualquier democracia verdadero.
Es como si no reparáramos en que la marcha de ética en la política y la pertenencias no solo profundiza las desigualdades, sino que bloquea cualquier posibilidad de expansión sostenible y cohesión social. Sin una ética que oriente decisiones, la ciencia, la pertenencias y la política se convierten en instrumentos al servicio de intereses particulares, alejados del admisiblemente global.
Estamos, entonces, en presencia de una paradoja inquietante. La democracia, creada para impedir el poder, termina legitimándolo. Se transforma en presencia mientras avanza una tiranocracia silenciosa, privada o estatal, que gestiona lo manifiesto sin responsabilidad recatado. El descontento social, la apatía política y la desconfianza institucional no son accidentes: son síntomas. Pero muchos prefieren “no verlos”.
¿Qué hacer frente a este panorama? La respuesta no es solo estructural, sino profundamente humana. Recuperar la democracia exige recuperar la ética como principio rector. No una ética abstracta, sino una ética que se evidencie en decisiones cotidianas, en políticas públicas, en prácticas económicas y en comportamientos personales. La ética es el puente entre permiso y responsabilidad.
Ser mejores personas en este contexto implica resistir la razonamiento del “sálvese quien pueda”. Implica repeler la mentira organizada que nos convence de que el mercado lo resuelve todo. Supone ejercitar ciudadanía activa, exigir rendición de cuentas y restablecer el sentido de comunidad. Asimismo implica hacerse cargo que el cambio colectivo comienza por la coherencia individual.
La democracia no se salva solo en las urnas, sino en la vida diaria. Se salva cuando dejamos de homogeneizar la injusticia, de razonar el desmán y decidimos defender la dignidad. Cierro este SOS por la democracia de forma breve y clara: sin ética, la democracia es una palabra vacía; con ética, vuelve a ser un tesina global. ¿Por cuál ruta seguimos?
info@nestorestevez.com
jpm-am
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